Noorjahan Akbar - نورجهان اکبر

Noorjahan Akbar – نورجهان اکبر

Escrito por Noorjahan Akbar y publicado en las páginas de opinión de The New York Times, dentro del blog de Nicholas D. Kristoff titulado “On the ground”, traduzco este artículo cuyo original en inglés puede leerse aquí. La razón por la que lo traduzco y cuelgo aquí es que me parece importante conocer las acciones que toman las mujeres en Afganistán para crear conciencia sobre el acoso sexual que se vive a diario y que parece no estar mal visto socialmente. Teniendo en cuenta que una de las razones que se esgrimieron en su día para ocupar dicho país fueron los derechos de las mujeres, es necesario que sigamos estos pequeños gestos y protestas y que los apoyemos, especialmente cuando es un testimonio tan sincero y en primera persona como el de Noorjahan. Huelga decir que esto es un trabajo desinteresado por el que no me llevo ningún dinero.

Noorjahan Akbar es una joven de 20 años cofundadora de Mujeres Jóvenes por el Cambio (Young Women for Change), una organización que lucha en contra de la discriminación sexual y la desigualdad en Afganistán. Ha trabajado con mujeres y niños desde que tenía 12 años y comenzado un programa de radio dedicado a los adolescentes afganos.

Además, Noorjahan también ha investigado sobre la música folklórica de las mujeres afganas, traducido una colección de historias cortas para niños afganos y ha dado clase de escritura creativa en orfanatos. En la actualidad estudia en el Dickinson College de Pennsylvania. Podéis seguir la actividad de su organización también por Facebook.

Estaba nerviosa cuando me levanté la mañana del 14 de julio de 2011. Las pancartas estaban listas, los panfletos y folletos impresos, y lo que iba a vestir elegido. Había recibido llamadas de la policía confirmando que nos enviarían a 10 oficiales para protegernos. Los medios estaban informados y ya habíamos contactado con las organizaciones de mujeres. Todo estaba preparado, pero aún así estaba nerviosa.

Las protestas y marchas de mujeres no son nada comunes en Afganistán, y esta era la primera vez que organizaba una. Quería crear conciencia sobre el acoso sexual callejero e identificarlo como un problema en un país en el que la mayoría de los afganos bien niegan que exista o bien le echan la culpa a las mujeres. Todas las mujeres que conozco, ya lleven burqa o vistan simplemente de forma conservadora, me han relatado historias de acoso en Afganistán. Este acoso va desde comentarios sobre la apariencia hasta toqueteo y empujones. Incluso mi madre, una maestra de más de 40 años siempre vestida en su uniforme escolar, llega a casa enfadada casi todos los días a causa de los comentarios inapropiados que recibe, muchas veces proferidos por jóvenes mucho más jóvenes que ella, y otras por hombres de blancas barbas que se sientan en los bordillos de las aceras. Apenas tres días antes de esta marcha me metieron mano en frente del orfanato donde enseño escritura creativa.

Enfurecida, llamé a mi madre y le dije que no quería enseñar nunca más. No obstante, una vez que empecé a organizar la marcha retiré lo dicho.

El día de la marcha, nos encontramos frente a un restaurante. Por alguna razón que aún me es desconocida el dueño del restaurante se negó a dejarnos pasar, por lo que nos refugiamos en la Casa de la Cultura Afgana, un centro que pertenece a una mujer. Éramos unas 25 . La reunión fue breve y muy emotiva, seguida de abrazos y buenos deseos.

Momentos más tarde nos hallábamos en frente de la Universidad de Kabul, donde dimos comienzo a la marcha, y en donde se nos unieron otras 25 personas. Pronto, este grupo de 50 manifestantes se vio rodeado de medios afganos e internacionales. Tras unas cuantas entrevistas, empezamos a caminar hacia Comisión Independiente Afgana de los Derechos Humanos. Mientras, pasábamos folletos, hablábamos con la policía y los simpatizantes, e indicábamos el camino a los medios, lo que me hizo experimentar un sentimiento increíble de esperanza y de poder. En las caras de mis compañeras, leí esperanza, orgullo y solidaridad. Me impresionó cómo todo había ocurrido tan de repente. Habían pasado menos de dos meses desde que Mujeres Jóvenes por el Cambio (Young Women for Change) se había reunido por primera vez.

Ni siquiera había soñado con este día cuando en mayo de 2011 mi amiga Anita Haydary y yo anunciamos en Facebook que estábamos organizando un encuentro el día 25 de mayo en Kabul para hablar sobre discriminación sexual y desigualdad de género. No esperábamos más de 15 personas, y sin embargo acudieron más de 75 mujeres de distintas edades, etnias y orígenes. Unas diez mujeres afganas y afganas-americanas se nos unieron vía Skype desde Washington D.C.. Esta reunión organizativa fue seguida de muchas otras.

Foto de la protesta en Kabul

Foto de la protesta en Kabul

Durante este proceso, tuvimos que luchar contra la desesperanza cuando la policía nos prohibió encontrarnos en la Universidad de Kabul porque “no querían que las mujeres les causasen problemas”. Tuvimos que perseverar cuando nos enfrentamos a la humillación, acoso e insultos mientras intentábamos fundar Mujeres Jóvenes por el Cambio (Young Women for Change) como una organización sin ánimo de lucro. Tuvimos que mantenernos fuertes y simplemente sonreír cada vez que alguien nos preguntaba con incredulidad y una sonrisilla de suficiencia: “Todas vosotras sois muy jóvenes y además mujeres; ¿cómo podréis llevar una organización?” Y además de eso, continuamos soñando y haciendo planes incluso cuando apenas una o dos mujeres acudían a alguna de las reuniones.

Al final y a pesar de todo formamos Mujeres Jóvenes por el Cambio (Young Women for Change) una organización comprometida con la igualdad de género. Primero decidimos centrarnos en un problema al que todas nos enfrentábamos: el acoso callejero. Diseñamos una campaña que incluía pósters, folletos, anuncios en la radio, redes sociales, entrevistas televisadas y debates, y la primera marcha contra el acoso callejero a las mujeres. Pronto nos encontramos escribiendo consignas como “El Islam y la ley prohíben el acoso a las mujeres“, “Tengo derecho a pasear en mi ciudad sin peligro“, “Estas calles también son mías“, “No me callaré la próxima vez que me insultes“, y muchos más. Lo siguiente que supimos fue que estábamos marchando calle abajo, acompañadas por grupos de hombres que nos apoyaban, así como de miembros de la policía y los medios. Ya no me sentía nerviosa. Estaba orgullosa.

El jueves 14 de julio de 2011 fue el primer día que sentí que pertenecía a la ciudad en la que había vivido durante casi toda mi vida. Me di cuenta de que las mujeres que caminaban con sus tacones y velos – y también los hombres que las apoyaban  –  tenían una gran fuerza y poder esperando a ser desatado, que me hizo sentirme muy orgullosa de estar entre ellos.

A pesar de la historia de guerra de Afganistán, y sus noticias llenas de violencia, ataques suicidas, talibanes y corrupción, había encontrado algo de lo que sentirme orgullosa en mi país. Este fue el momento en el que me enamoré de Afganistán.

Desde entonces, Mujeres Jóvenes por el Cambio (Young Women for Change) ha podido obtener el estatus de organización sin ánimo de lucro, formar un grupo masculino de apoyo, organizar charlas mensuales sobre temas relacionados con la mujer y los estudios de género, reunir libros para construir bibliotecas en las ciudades de Kabul y Helmand, y empezar a llevar a cabo una investigación sobre el acoso callejero en Kabul gracias a una nueva beca. Durante esta aventura, mi amor por Afganistán y su gente ha crecido de una forma tremenda. Ello no quiere decir que antes no amase a mi país; pero cuando he visto la capacidad y la motivación de formar un movimiento feminista fuertemente enraizado en Afganistán me inspiró tanto que supe que nunca podría abandonarlo.