Comparto con vosotros una muy buena reflexión (¡y crítica!) sobre la pasividad de arabismo español ante los recientes cambios en el Mundo Árabe, que creo que podría también extenderse a la actitud tradicional en lo referente también al llamado “Mundo Islámico”.

Esta pieza ha sido publicada originalmente en Rebelión y su autora es Naomí Ramírez, con cuyo permiso se  reproduce a continuación.

Leo y firmo el Manifiesto de apoyo al pueblo sirio al que se ha sumado un número nada desdeñable de personas de distintos ámbitos: activistas, profesores, escritores, gente anónima, etc. Cuando lo veo publicado, sonrío ante la idea de haber contribuido con el leve gesto de un garabato a levantar el ánimo del un pueblo que aún parece abandonado a su propia suerte, pues como dice Khoury: “Ellos solos resisten”.

Sin embargo, la sonrisa no tarda en borrarse, ¿cuántos arabistas hay en España? ¿Centenares? ¿Cuántos ejercen? ¿Decenas? No lo sé, los números no importan cuando están ausentes. En este manifiesto cuesta encontrar a alguien que dedique su tiempo y su vida al mundo árabe entre aquellos que, precisamente, comen a diario gracias a ese mundo del que no nos separan tantos kilómetros.

No se trata de apoyar a Siria en concreto ni de firmar este manifiesto en particular. De hecho, habrá quien diga “Yo apoyé (o apoyo) a…” y que salió en esta o aquella manifestación; sin embargo, es un secreto a voces que en un amplio sector del arabismo español hay una crisis de vocación, por no decir una infravaloración del “objeto de estudio” que en algunos casos roza el desprecio. Aquellos que viven del mundo árabe, se quedan en la macro-estructura: hablan de geopolítica, conflictos sectarios y sociedad como si de entes aislados de los árabes se trataran, como si al salir de los círculos de poder y las élites gobernantes o de los grupos de la sociedad civil y los literarios no hubiera nada más.

Así más de uno, más de dos y, ¿por qué no?, más de tres, se frotaron las manos con la revolución tunecina, llegaron a despellejárselas con la egipcia y posteriormente la libia pensando en las conferencias que darían y los artículos que publicarían. A día de hoy, con las manos ya en carne viva, comentan los derroteros por los que transcurren las revoluciones siria y yemení, olvidando que otrora hubo un intento de levantamiento en Bahréin y que en países como Marruecos, Argelia, Omán, etc. Algo también ha cambiado. Sin embargo, en tales discursos académicos nos vemos frente a una neutralidad pasmosa y una total omisión de los protagonistas, como si el levantamiento se hubiera producido por arte de birlibirloque.

Con estas revoluciones han logrado una atención mediática sin precedentes y, sin embargo, olvidan a quién se lo deben, olvidan que su “objeto de estudio” son personas, olvidan que aquellos a quienes estudian son precisamente sus maestros actuales, maestros que dan una lección al mundo sobre el coraje, la dignidad y el amor por la libertad.

Compañeros y compañeras de gremio, el academicismo, si es vocacional, no está reñido con el activismo, sino que, precisamente uno y otro se complementan: el academicismo aporta unos conocimientos que permiten valorar los hechos con mayor claridad, y, viendo lo que sucede, al menos a mí, me parece inviable mantenerme bien arriba en mi torre de marfil. Por otro lado, el activismo da un conocimiento profundo de la sociedad en movimiento, permite estrechar lazos que abren nuevos horizontes de los que el academicismo puede aprovecharse. ¡Qué triste es no ver pasión en lo que uno hace!

Estimados arabistas, yo escogí  esta profesión o estos estudios por un impulso que demostró ser vocacional, invito a todos y todas a hacer un ejercicio de introspección en el que cada uno se pregunte si su profesión le llena, si el camino que ha elegido le llena o mejor aún, si es consciente de la valía que su “objeto de estudio” tiene.

Espero no haber ofendido a nadie porque no es mi intención, simplemente duele ver cómo aquellas personas que se dedican al mundo árabe, se aproximan a los cambios actuales a través de prismáticos que les permiten ver lo que otros les dejan ver, sin ver ellos mismos lo que sucede, dejando su “objeto de estudio“ al margen.

Porque creo en un arabismo comprometido, porque los pueblos que se han levantado están demostrando que valen más de lo que muchos creían, porque se esfume el aire de superioridad que se respira en más de un departamento de árabe cuando algún  “objeto de estudio” pretende hablar de sí mismo en vez de que otros lo hagan por él, porque el arabismo deje de ser un medio de sustento y se convierta en una vocación, porque por nuestras venas corra la esperanza de un mundo árabe mejor me dirijo a todos nosotros, arabistas.