En estos últimos días por cuestiones varias estoy teniendo que leer sobre literatura de viajes en los siglos XVI y XVII, y mientras trato de analizar y comprender las aventuras y desventuras de los viajeros a Oriente, no dejo de extrapolar algunas de mis conclusiones u observaciones a la moderna literatura de viajes vía blog.

Antiguamente, viajar era mucho más costoso tanto en términos económicos como personales que lo que es en la actualidad, y aunque los viajeros solían ser gente un nivel cultural alto – por supuesto también había aventureros mucho menos formados, aunque precisamente por eso mucho menos dados, en general, a dejarnos por escrito sus vivencias – ello no significaba que pudieran darle una explicación fidedigna a lo que veían.

Los motivos son muchos, pero merece la pena remarcar dos: el primero, los prejuicios con los que llegaban, prejuicios principalmente religiosos; el segundo, el desconocimiento de la lengua y cultura de la región que se visitaba. William Jones, hace ya más o menos 200 años, apuntaba para el caso turco de forma muy concreta el problema de la lengua, quienes la dominan  y viven en esa cultura por razones variadas tienden a no escribir, pudiendo ser su testimonio de muchos valor que el de aquellos viajeros o diplomáticos más inclinados a las letras pero con conocimientos mucho más limitados y con una interacción con la sociedad reducida a aquellos que hablasen alguna lengua europea.

Teniendo en cuenta la época en que escribían y la literatura a la que tenían acceso, no es de extrañar que en sus relatos se reflejen prejuicios poco o nada relacionados con el país que visitaron, además, este tipo de libros no sólo tenían la finalidad de informar sobre el lugar visitado, sino también muchas veces el de entretener, dando como resultado esto último la adición de pasajes muy fantasiosos a todas luces irreales. Por otro lado, el obstáculo de la lengua sigue existiendo, no todo el mundo tiene las ganas ni la oportunidad de aprender la lengua de cada sitio al que va, en el que además va a pasar apenas unos días o semanas.

Si bien, teniendo en cuenta las limitaciones que existían en lo relacionado al conocimiento se entienden la actitud o los prejuicios reflejados en los escritos de los viajeros de los siglos XVI y XVII, ¿qué excusa tienen los viajeros actuales? ¿Qué valor puede tener esta nueva ciber-literatura de viajes para los investigadores o curiosos del futuro? (¡o incluso los contemporáneos!)

Hoy en día basta con abrir Google o pasarnos por una biblioteca para acceder a la información que deseemos obtener sobre cualquier tema, y con un poquito de sentido común quedarnos con los mejores artículos o títulos.  No obstante, la nueva literatura de viajes también inunda la red y uno ya no sabe muchas veces con qué quedarse.

El poder ir de una punta a otra del planeta, ha pasado de ser un penoso periplo de meses de duración a apenas unas cuantas horas de avión, algo que no sólo ha implicado una reducción del tiempo de trayecto, sino de su coste total. Como consecuencia de esto, el viaje se ha popularizado y masificado. Una masificación que en muchos casos hace que la calidad de la estancia se reduzca. Los monumentos se visitan de forma masiva y han pasado a ser casi un bien de consumo. Lo importante no es saber la historia y el significado de una obra maestra de la arquitectura como Santa Sofía – por ejemplo – sino haber estado, y lo más importante, haberse hecho una foto que luego enseñaremos a cualquiera que se preste, o la colgaremos en nuestro perfil de Facebook. Asimismo, la duración de las estancias se han reducido muchísimo. Si antes un viajero pasaba más o menos una semana en cada una de las ciudades que visitaba, hoy ese tiempo se ha reducido a un fin de semana, lo que reduce también las posibilidades de interacción y de aprendizaje.

Por supuesto, estos cambios se han traducido también literatura de viajes contemporánea. Muchos blogs acerca de Turquía se centran más en las actividades más comunes entre los extranjeros – alquilar un coche, en qué restaurantes comer, cafeterías con maravillosas vistas del Bósforo, qué objetos curiosos comprar en el Gran Bazar – y  satisfacer la curiosidad por los aspectos más exóticos de la cultura turca – ¿te han leído el futuro en los posos del café? ¿sabías que los ojitos azules estos que venden en todas partes limpian el mal de ojo? ¿sabías que el té turco es muy diferente del Twinings que venden en el súper de al lado de tu casa porque es mucho más exótico?

El viajero además tiene unas expectativas de lo que quiere ver. Por ejemplo, ¿cuántas veces en vuestra vida habéis ido a una corrida de toros? Lo más probable es que, a menos que seáis amantes de la tauromaquia, hayáis ido en muy contadas ocasiones. Lo mismo creo que es válido para los tablaos flamencos, sobre todo si no sois andaluces. Sin embargo, el turista lo que espera ver de nuestro país es eso, y como el dinero manda, eso es lo que le damos. En Turquía pasa lo mismo, así que tenemos espectáculos de Semazen – la danza de los derviches giróvagos – prácticamente cada día en los puntos más turísticos del país (yo vi uno de estos espectáculos en Capadocia, dentro de un número de danzas regionales turcas). Y ya con haber visto esto, nos hemos imbuido de la cultura atemporal y exótica de esta geografía.

Los que no quieren ser turista “mainstream” y buscan una experiencia alternativa y muy perroflauta, tienen como destino el Este de Turquía, que suele estar fuera de los circuitos turísticos más demandados. Allí verán a la “gente de verdad” en los “pueblos de verdad” con una “simpatía y hospitalidad más auténtica” porque están “menos corrompidos” por el “modo de vida moderno”. Y por supuesto como la miseria es muy fotogénica, vas a tener un montón de fotografías estupendas de niños pobres y ruinas varias.

Así que cuando miramos a la estampa online que tenemos de países como Turquía, son muy pocos los blogs en los que de verdad se relate el día a día del país, o cómo vive o piensa la gente. La información está muy sesgada para satisfacer tanto las ideas propias preconcebidas que se tenían del país, como a los lectores que tienen las mismas expectativas, y hay huecos que no se cubren debido precisamente a que los viajeros apenas pasan unos días y le dan a lo que ven las explicaciones que pueden. Las personas que llevan aquí muchos años, por otro lado, y que precisamente por conocer bien la lengua y la cultura podrían hacer una gran contribución, puede que no tengan ni las ganas, ni la intención, ni consideren que sea necesario relatar estos puntos teniendo en cuenta que la franja de lectores sería mucho más reducida que la de los blogs llenos de fotos exóticas de bazares y mezquitas.