Texto publicado por el intelectual turco-armenio Sevan Nişanyan en su blog personal a día 14 de junio de 2013 y que puede leerse en su original turco haciendo click aquí.

LA MAYORÍA NO ES SUFICIENTE.

Para poder gobernar en una democracia no es suficiente conseguir el apoyo de un cierto número de personas. Ni siquiera conseguir el 50% de los votos es suficiente.  Hay también que contar con la aprobación del resto, incluso si no te apoyan. Dirán que “En fin, no nos gusta este tío, pero bueno, qué le vamos a hacer, no hay mal que cien años dure…” y se encogerán de hombros. Si no es así, las cosas se complican y hay derramamiento de sangre. Y no puedes gobernar.

El gran secreto de gobernar un estado en una democracia es precisamente este. De hecho, es el secreto del gobierno de cualquier tipo de estado. Los que te apoyan hasta las últimas consecuencias y que están dispuestos a sacrificarse por ti son siempre una pequeña minoría. Cuando las cosas se tuercen y se llega a las manos puede que te sean útiles, o puede que no, nunca se sabe. Pero imagínate que no son una minoría sino una mayoría aplastante; que sean tantos que puedan cubrir toda la superficie del país con sólo una orden tuya. Y sin embargo, aún no es suficiente. Lo que en realidad es importante es poder gobernar a los Otros. Conseguir que cuando des una orden esos Otros la obedezcan sin rechistar. Si conoces este arte, el día que abandones tu puesto dirán que fuiste “un buen gobernante”. Si lo desconoces, no importa lo bueno que seas en tu trabajo, al final todo se tuerce.

Sí, gobernar un estado es al fin y al cabo una cuestión de fuerza. Pero el verdadero talento es ser capaz de esconder este hecho de toda mirada, es ser capaz de, si hace falta, hacer trabajar a una persona que simplemente podrías quitarte de en medio utilizando una de cal y otra de arena. A esto se le llama legitimidad (meşruiyet), consenso (konsensus). Los chinos, de una forma mucho más poética, lo llaman 天命, “la bendición del dios del cielo”. Es un mundo de mentiras tejido por hilos finísimos. Pero una vez que destruyes su cubierta, lo único que queda es sólo el piel desnuda y sangre.

Los que se salen de la democracia y toman el camino de la dictadura, son los que no han podido entender este secreto. El día en que Hitler dijo eso de que “Toda Alemania me quiere, todo Munich está a mis órdenes, mis enemigos son los enemigos del pueblo” es el día en que llegó al final de ese camino porque había dejado de ver a los “Otros” como personas. Los sabios antiguos ya decían que los dioses no perdonan a los que pierden tal cualidad.