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ImagenPara la nueva edición turca de su novela titulada El Libro Negro, Orhan Pamuk ha escrito un nuevo epílogo que ha sido publicado, de forma resumida, a fecha de 11 de octubre de 2013 en la sección de literatura de la edición online del periódico turco Radikal que podéis encontrar aquí.

¿Cómo escribí El Libro Negro?

Publiqué El Libro Negro en 1990, cuando contaba con 38 años de edad. Este libro es el producto de un período de dejar volar la imaginación y de trabajo intenso en el que no me dedicaba a otra cosa que no fuera la literatura. Cuando estaba terminando el libro me sentía, desde muchos puntos de vista, como mi protagonista, Galip. Estaba cansado, pero estaba seguro de que mi novela era distinta, extraña y peculiar.

Después de un trabajo de tres años, en noviembre de 1988, cuando me faltaba poco para terminar el libro, escribía sin parar encerrado en un apartamento vacío en lo alto de un edificio de diecisiete pisos en Erenköy. Mi mujer estaba en Estados Unidos; nadie sabía mi número ni me llamaba. Estaba muy solo, y la mayor parte del tiempo no me quejaba de ello. De hecho, mis pocos amigos, los editores que querrían que escribiese artículos de revista o periódico o cosas parecidas, estaban lejos de poder apartarme de mi libro y de las aventuras de Galip. Aparte de mis amigos-parientes lejanos (Ömer y Sibel) que vivían en el mismo gran apartamento y que a veces amablemente me preparaban la cena no veía a nadie, y, como todas esas veces en las que me encerraba en un libro y felizmente olvidaba el mundo, estaba muy contento de no ver a nadie.

Pero, por alguna razón, no podía terminar el libro en aquel rincón en el que me había encerrado. Escribí El Libro Negro durante un espacio de tiempo de cerca de cinco años, y como siempre me esforcé mucho por escribir bien.

El que mientras escribía la novela en el edificio vacío y solitario de Erenköy no llegase el final del libro, junto con el placer de escribir y de la soledad hizo que, con un sentimiento raro de infelicidad y miedo, me empezase a asemejar poco a poco a mi personaje Galip. Como Galip, que al buscar a su mujer sin poder encontrarla en Estambul se encuentra de paso con cosas inesperadas, debido al sentimiento de pérdida e infelicidad que habitaba en su interior no podía disfrutar de todas esas maravillas, ni de los túneles subterráneos, ni de Türkan Şoray* y sus parecidas, ni de las columnas de revista que leía, yo también sentía que escribiendo y ampliando las delicias del libro que me hacían feliz me llegaban a lo más profundo. Por por algún motivo no podría darle fin a mi novela con un sentimiento de triunfo.

Después de un tiempo me encontré, como Galip, completamente sólo en el lugar que escribía. Dejé de arreglarme y afeitarme todos los días. Recuerdo que una tarde caminaba como una aparición por los callejones de Erenköy calzando unas deportivas viejas y agujereadas, con una boina en la cabeza, y con un chubasquero con los botones arrancados puesto, llevando en la mano una bolsa de plástico en malas condiciones. Miraba a las ventanas de los primeros pisos de las casas, a las vitrinas de los establecimientos y restaurantes imaginando otras vidas. Entraba en un restaurante o bufé cualquiera, y mirando huraño al interior, llenaba el estómago. Me acuerdo que un día mi padre, que me visitaba una vez cada dos semanas y me llevaba a comer, preocupado por que me ocupara de mi novela como si fuera una guerra, por la suciedad y la dejadez del apartamento en el que vivía, por mi aspecto de perdedor y porque no estaba pudiendo de ningún modo terminar mi libro, me dio un consejo y me dijo “Cuida de ti mismo, sal un poco de este mundo”.

***

La primera idea de El Libro Negro, es decir la idea de escribir un libro que abarque la poesía de las calles de mi infancia y la anarquía e historia que había tenido lugar en Estambul, existía en mi cabeza desde el final de los años 70. En un cuaderno que comencé a escribir en el año 1979, hablé de un intelectual que se escapaba de casa a los 35 años, del largo fin de semana que había pasado, y al mismo tiempo de un partido de fútbol de la selección nacional que se jugaba en Estambul y que acababa en tragedia nacional, de los cortes de electricidad y de las calles de Estambul, con un aire a las pinturas de Bruegel (nieve) y de Bosch (los demonios), del Mesneví**, el Shahname*** y los cuentos de las Mil y Una Noches.

Cuando estas primeras ideas se desarrollaban en mi mente aún no había publicado mi primer libro, Cevdet Bey e hijos****; pero como protagonista tenía en mente un pintor, y concebía un libro titulado “La miniatura destrozada”. Juntaba varias cosas al mismo tiempo, el caos y el ruido interminables de Estambul, sus intelectuales, las fiestas a las que asistían estos intelectuales, sus reuniones familiares, los entierros, los comentaristas de un partido de fútbol, un concurso de belleza; y como siempre, era más feliz con estas ideas y fantasías de la novela que tomaría el nombre de El Libro Negro que con las novelas que me encontraba escribiendo por aquel entonces (una novela política a medio hacer, La casa del silencio, El castillo blanco).

Por esa época viví un día que influenció la idea y estructura de libro. En el año 1982, en un ambiente de fuerte represión política y poco antes de que se presentase a referéndum la nueva y opresiva constitución elaborada dos años después del golpe militar de Kenan Evren en 1980, me llamó mi primo y me dijo que un canal de televisión noruego buscaba intelectuales dispuestos a criticar la constitución propuesta delante de las cámaras, y me dijo que no conocía a nadie con valor para hacerlo. ¿Le podía echar una mano?

***

Después de un gran esfuerzo, no esperaba que la novela que había terminado, y que había venido de la mano de una crisis existencial, se vendiera mucho o fuera muy popular. Además, su primera editorial, Can Yayınları, tampoco había hecho ninguna presentación especial. Pero si me preguntas, la novela gustó a los lectores por hablar de lo diferente y la novedad, y también de una vida que nos resulta conocida. Sin apoyo de los medios ni campaña de publicidad El Libro Negro se abrió su propio camino y el número de mis lectores en Turquía se multiplicó por tres. La novela suscitó polémica y abrió debates sobre la lengua de la novela, lo raro del tema y la dificultad que presentaba entenderla. Mi amigo el profesor Nüket Esen Kara reunió los escritos más interesantes, provenientes de los círculos literarios internacionales, relacionados con la novela en un volumen titulado Kara Kitap Üzerine Yazılar (Escritos sobre El Libro Negro). En uno de ellos, un crítico inglés de lengua afilada escribió en tono jocoso que un libro tan aburrido sólo podía gustar y ser leído por los franceses y que los noruegos le darían premios famosos. Esta profecía se cumplió doce años más tarde de una forma muy acorde con el alma del libro. El Libro Negro, que ha sido traducido a cerca de cuarenta idiomas, en el país que más ha gustado es Francia, y el presidente del jurado del premio Nobel declaró justo después de anunciar el premio de 2006 que era esta novela la que más les había impresionado.

Ahora entiendo lo feliz que era por poder fumar tanto como quisiera mientras escribía la novela, y por poder deleitar mis oídos con el silencio de Estambul (las jaurías de perros que ladraban a lo lejos, los crujidos de los árboles, los coches de policía, los camiones de la basura, los borrachos) hasta las cuatro de la mañana en aquellas noches en las que me encontraba terminando la novela. Vivía esta felicidad, aquellas medias noches hasta el amanecer, con el miedo y el placer de perderme dentro del secreto de la novela, que me estaba cerrado muchas veces, y en un vertiginoso cansancio intangible.

Como sabía muy bien que no podría comprenderlo ni solucionarlo no quise entrar durante mucho tiempo en el tema del significado, miedo y consistencia de este misterio, en esa zona peligrosa por la que muchos me preguntan con algo entre sospecha y curiosidad. Entretanto, estamos preparando un librito titulado Los Secretos de El Libro Negro.

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* Türkan Şoray: Es una famosa actriz turca consideraba como el icono de la industria de cine local de los años 60 y 70.

**Mesneví: Es una obra de Mevlana Jelaleddin Rumí de seis libros de poesía en los que enseña a los sufíes a alcanzar la unidad con Dios.

***Shahname: Es el poema épico iraní por excelencia. Compuesto por Ferdowsí, narra la historia de Irán desde la creación del mundo hasta la conquista musulmana. Muchos episodios mitológicos narrados en esta obra son conocidos en todo el mundo turco-iranio.

****Cevdet Bey e hijos: Primera novela de Orhan Pamuk publicada en 1982 y que se acaba de traducir al castellano que narra la historia de tres generaciones una familia desde los últimos tiempos del Imperio Otomano hasta los años 70. En turco se titula Cevdet Bey ve oğulları.

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ImageAntes de abandonar Ankara, ciudad a la que no volveré en una buena temporada, quise comprarme un libro de Barış Biçakçı. Biçakçı, a pesar de ser nacido en Adana, es un amante de la ciudad de Ankara, cuyas calles y paisajes suelen ser el escenario de sus relatos cortos y novelas. Como no me podía cargar con mucho peso, decidí adquirir una pequeña colección suya de relatos cortos titulada Baharda yine geliriz, que se podría traducir al castellano por En primavera volveremos de nuevo, publicada originalmente en 2006 por la editorial İletişim. Este autor nacido en 1966, utiliza un lenguaje muy simple, coloquial, unas descripciones minimalistas, y sus temas suelen ser escenas cotidianas. Una de sus novelas, Bizim büyük çaresizliğimizen castellano algo así como Nuestra gran desesperación, fue llevada al cine en el año 2011. 

Durante las pesadas horas de vuelo este librito me ha hecho una agradable compañía, e incluso he traducido algo malamente el primero de los relatos, titulado El cielo de una noche de verano, al castellano para compartirlo por aquí con todos vosotros.

Espero que os guste 🙂

El cielo de una noche de verano.

Me encontré con Mahir en la parada. Él también estaba bebido. Al parecer, habíamos perdido el último autobús. Desde debajo del puente, Mahir había visto como el autobús había girado hacia la izquierda en Adliye.

“Y si es así, ¿qué haces aquí esperando?” le pregunté.

Abrió los dos brazos y dijo “¡Pues no sé!”, y señaló con la cabeza a dos hombre que estaban sentados en la parada. Los dos tenían en la boca un cigarrillo, miraban al frente, al jardín en tinieblas de la facultad. No parecía que estuvieran esperando a nada. Simplemente estaban sentados.

Un taxi se acercó a la acera, el taxista se estaba fumando un cigarro fuera. Debía de haberse dado cuenta de que de nosotros no le iba a salir ningún trabajo. Quizá lo que no quiere es que vayamos y empecemos a regatear el precio de la carrera, así que por eso no muestra ni el más mínimo interés.

“Caminemos hacia Ulus”, propongo, “Y así se nos baja el pedal”.

Mahir no sólo estaba bebido, sino que además le pasaba algo. Yo también había bebido, pero no me sentía aliviado. Caminábamos dando tumbos. Llegaba el aroma de los tilos desde los jardines de las escuelas. Mahir tenía la nariz tapada y tenía que esforzarse para percibir olores. Le doy unos golpecits flojos en la espalda.

“¡Déjalo estar!”

Se habían apagado las luces del parque de atracciones. La estación estaba iluminada, y se aparecía bella. Lejos se mezclaban con el azul oscuro del cielos, las colinas y las luces de las farolas que parecían puntitos de luz.

Mahir me preguntó que con quién había bebido. Cuando respondí que había bebido solo se entristeció y puso su mano sobre mi hombro. Él había estado con sus amigos del instituto. Ya sabía que se juntaban varias veces al año.

“¿Has hecho alguna locura?”, le pregunto. “¿La has líado?”

Sonríe. “Esta tarde estaba tranquilo” me dice, pero me da la impresión de que lo que en realidad había querido decir es que “Esta tarde estaba muy harto y deprimido”. “¡Esta no es la vida que quería! ¡Para esto nos hemos esforzado todos estos años?”

Me dolía mucho la cabeza.

Mahir señala la carpeta de plástico que llevo en las manos. “¿Qué es eso? ¿Trabajo?”

Le cuento que a veces me tengo que llevar trabajo a casa los fines de semana. Levanto la cabeza hacia el cielo. Me empiezo a frotar la nuca.

De repente, Mahir propone que hagamos autostop.

Salimos de la ópera y entramos en la calle de Talat Paşa. Hace años, un tío que conocíamos de vista nos explicó que era más fácil parar un coche agitando la mano abierta que mostrando sólo el pulgar. Mahir alarga el brazo y hacer lo que el tipo les dijo. Me mira de refilón y se sonríe.

Enfrente se para una vieja camioneta en la que iban apretadas tres personas. Mientras Mahir habla con el conductor veo que en la parte de trás, entre los bidones azules, están sentados un hombre y un niño de diez años. Probablemente padre e hijo.

Nos subimos a la caja de la camioneta y saludamos. Cuando nos estábamos sentado, el hombre golpea la caja. Mientras  se pone la camioneta en marcha traqueteando el viento nos rodea y nos abraza por todas partes. Sobre nuestras cabezas desfilan las verdísimas ramas de los árboles, las farolas de las calles y el cielo. Notó una sensación de alivio. Mahir se anima.

“Un viaje…” dijo.

Mahir menea la cabeza “Las piedras que tenemos dentro están en su sitio”

Ya no decimos nada más, admiramos la vista que nos rodea.

Al pasar al lado de los terrenos de la fábrica de azúcar, amplios y lisos, la luna se hace la reina del paisaje.

Mahir toma la carpeta que descansaba sobre mis rodillas y la retuerce. La transforma en un catalejo, mira al cielo. Me río y el también sonríe. Después me pasa el catalejo. Colo uno de mis ojos en la mirilla y apunto a la luna. Se ve la luna y, de repente, desaparece. Al bajar el catalejo mi mirada se cruza con la del niño que tenía la cabeza recostada sobre el hombro de su padre.

“¿Puedo mirar yo también?” me pregunta el niño, que ahora se ha erguido y su cabeza se menea levemente.

“¡Por supuesto!” le dijo mientras se lo alcanzo.

Mahir y yo nos apoyamos el uno en el otro, observando al niño apuntaral firmamento con el catalejo y su mirada extasiadaante lo que veía.

Los árboles de Gezi, por Ahmet Ümit.

Los árboles de Gezi, por Ahmet Ümit.

Este texto de Ahmet Ümit fue publicado originalmente en el suplemento de la gazeta “BirGün” al que he tenido acceso a través de este enlace. De dicho autor está disponible en castellano la novela “La tumba la negra” traducida por Rafael Carpintero que podéis adquirir aquí.

Los árboles del parque Gezi

A las tres de la mañana, la plaza de Taksim se había quedado un poco solitaria, pero todavía quedaban algunos trasnochadores deambulando. Bajo la luz plateada de la luna llena se encontraban los cuerpos sudorosos de mujeres y hombres jóvenes, amantes abrazados estrechamente.

Aún un poco borrachos, algunos tararean todavía melodías alegres. Sin embargo, yo estoy cansado, muy muy cansado. Desde por la mañana no me había levantado de la mesa del ordenador. Siempre me pasa lo mismo, cuando estoy terminando una novela, por mucho que quiera, no puedo abandonar a mis personajes y ellos toman el control y me arrastran a la fuerza hasta el final de la historia. Ahora me está ocurriendo exactamente eso, y a pesar de que me duelen los dedos y de que han empezado a volar mariposas frente a mis ojos no encuentro manera de librarme de las teclas del ordenador. Si esto continúa así, seguiré escribiendo hasta que se me caiga la cabeza sobre el teclado y ahí se quede. Menos mal que llegó esa llamada. Me refiero a la llamada que me hizo mi mujer. “¿Vas a quedarte a dormir en la oficina?”, me decía. “Por mí no hay ningún problema, pero a partir de ahora te quedarás siempre a dormir allí”. Su amenaza fue bastante efectiva. Al instante aparté los ojos de la pantalla, despegué los dedos de las teclas, apagué el ordenador y me sumergí en la muchedumbre bulliciosa de la calle İstiklal.

Mi intención era coger un taxi e irme enseguida a casa. Pero hacía tan buen tiempo que, muy a pesar de las amenazas de mi mujer, me dejé llevar por la atracción que ejercía la luz de la luna llena brillando en el cielo. Quise disfrutar del sabor templado del otoño. Espaciando mis pasos, observando a las coloridas gentes de mi alrededor, llegué a la plaza. Hasta aquí todo estaba en orden, pero al pasar por las cercanías del parque Gezi pasó lo que pasó; un hombre que salía disparado del parque se cruzó por medio.

“¡Ayuda! ¡Ayuda!”

Su pequeño cuerpo temblaba como una hoja, y con los ojos abiertos como platos, escudriñaba las sombras de los árboles. Debía de tratarse de un ataque o un robo. Yo también dirigí la vista al parque. Aunque no tenía ni idea de cómo me iba a proteger en caso de que saliera el atacante, apreté los puños y esperé a que saliera el malhechor desconocido de entre los árboles. Pero pasaban los segundos y nadie salía. No soy muy corpulento, pero igual al verme en posición de pelea desistió de aparecer. Me volví hacia el hombre, que todavía temblaba de miedo.

“Se debe de haber asustado”, dije con voz confiada. “No saldrá del parque…”

Me miró a la cara con ojos extrañados, como si hubiera dicho algo raro.

“¿Quién se ha asustado?”

“Pues quién va a ser, el hombre que te estaba persiguiendo. ¿O eran más de uno? Por cierto, ¿de quién huías?”

“¿De qué hombre me hablas?”

El terror que se leía en su mirada no había disminuido, y clavando la mirada a la oscuridad del parque masculló:

“No estoy huyendo de una persona, sino de los árboles”

Le miré sorprendido.

“¿Y por qué huyes de los árboles?”

Se acercó a mi oreja.

“Porque hablan… hablan continuamente, sin parar jamás”.

Me llegó a la nariz un aroma sucio a alcohol, y por primera vez me fijé en sus ropas harapientas. El hombre que tenía enfrente era un sinhogar, y estaba muy muy borracho. Probablemente dormía en el parque. Esta noche se había pasado bebiendo y había tenido una pesadilla. Sin embargo, él, sin ser consciente de mis pensamientos, continuaba delirando:

“Susurran sus nombres, y cuando sopla el viento el parque se llena de sus voces. Como un salmo, como una oración, sin parar dices sus nombres en susurros…”

El pobre hombre debía de estar como una cabra.

“Déjalo”, le dije tocándole el hombro de forma amigable. “Que susurren, sea como sea no pueden hacerte daño”.

Separó sus manos desesperado.

“No, me conocen. No sólo ese pino enorme, sino también ese castaño gigantesco. Incluso esos estrechos brotes de rosa. Sí, incluso ellos, en cuanto notan que hay una leve brisa, enseguida empiezan a hablar”.

Sabía que no decía más que tonterías, pero no pude sino preguntar.

“¿Y de qué te conocen?”

Me contestó sin dudar:

“Del verano pasado, desde junio”. Señaló el parque con la mano. “Aquí trabajaba yo”.

Era un borracho, pero tenía una imaginación fantástica.

“¿Eras jardinero?”

Puso un gesto de reproche.

“Qué jardinero ni qué niño muerto” contestó “Trabajaba para la policía. Ayudaba a la policía. Es decir, era un oficial del gobierno.”

Poco a poco la historia iba tomando un cariz más divertido.

“¿Qué tipo de servicio prestabas?”

Me echó una mirada sardónica.

“Tío, ¿qué pasa? ¿No vives en este mundo o qué? Apenas hace unos meses esto era como una zona de guerra. El parque no era muy distinto de un infierno”.

Por fin caí en la cuenta. Se refería a las protestas de Gezi. A la insurrección que tuvo lugar en contra del gobierno que pretendía arrancar los árboles y construir en su lugar un centro comercial. Es decir, que lo que había pasado le había dejado pasado de rosca. Pero he de confesar que en la mentira que me estaba diciendo había una cierta lógica. Como me daba curiosidad su mundo de fantasía, decidí continuar profundizando en la conversación.

“Y bien, ¿tú que tarea realizabas?”

Se sonrió con malicia y se le vieron los dientes podridos entre sus gruesos labios.

“Le contaba a la policía lo que estaba pasando en el parque. En aquel entonces esto era increíble… todo estaba lleno de gente, de personas de izquierdas, de derechas, de hippies, de gente religiosa, mujeres, quien se te ocurra estaba aquí. Dentro le pegaron una buena paliza a un policía de paisano. Por eso la madera prefería no entrar al parque. El comisario Erol de la policía de Beyoğlu me encontró. Es un buen tipo, de vez en cuando nos da dinero, si nos arrestan nos apoya. Me cogió por banda en la calle İstiklal. “¿Aún duermes en el parque Memo*?” me preguntó. Y yo le dije, “Sí, capitán”. Me puso un billete de 100 liras** en la mano. “Bien, pues entonces todas las mañanas, mediodías y tardes te vienes a donde esté yo y me lo cuentas todo… qué pasa en el parque, si hay mucha gente, si esta tranquilo, quién es el líder de la muchedumbre, todo” me dijo. Y así empecé con mi trabajo.”

“Es decir, que ibas a denunciar a los manifestantes…”

La sonrisa maliciosa volvió a su rostro.

“Y qué podía hacer, el estado me pidió un servicio…”.

Se paró de repente y dudó.

“Y también a Kamil ‘el Globo’ y a  Sami ‘el Sanguijuela’. Esos capullos incluso hicieron fotos de los manifestantes con el móvil que les dio el comisario Erol. Por lo menos, yo no hice eso. Y además, los jóvenes del parque ayudaron mucho al Sanguijuela. Incluso le llevaron al médico al muy sinvergüenza. Meaba sangre el hijoputa. Tenía una piedra o no sé qué en el riñón. No te miento, gracias a la gente del parque mejoró mucho. A mí también me ayudaron. Todas las tardes preparaban comida caliente y la repartían y no cobraban nada de nadie, todo era gratis, pero todo el mundo trabajaba, no había remoloneo.  En realidad, eran chavales muy valientes. A un chaval que estaba a mi lado la policía lo dejó tuerto con una lata de gas, fue a propósito. Era un chaval muy guapo… y se quedó sin ojo izquierdo.”

“¿Y por qué no ayudaste al chico?”

Me levantó la voz, como le hubieran herido.

“Le ayudé, quién dice que no lo hiciera. Cargué al chaval a mis espaldas y lo llevé hasta el hospital. Ayudé a los manifestantes y a la policía. No teníamos otra opción, los manifestantes pueden estar ahí una semana o un mes, pero luego nososotros nos quedamos solos con la policía. Si no hubieramos hecho de chivatos, el comisario Erol me hubiera jodido pero bien, me hubiera hecho la vida imposible. ¿Lo comprendes?”

No puedo discernir qué era verdad y qué mentira de todas las cosas que me contaba. Tampoco estoy seguro de que un comisario pida ayuda de un hombre así, pero la verdad es que lo narraba todo muy bien. Si se lo estaba inventando, sus palabras eran aún más valiosas, porque significaba que tenía un talento tremendo para la ficción.

“¿Y entonces qué pasó?”, le dije burlón “¿La información que pasastéis le sirvió de algo a la policía?”

“¿Tú qué crees? Pues claro que les sirvió. Sabían lo que pasaba en el parque hora por hora. ¿Tú de verdad crees que Erol nos pondría otro billete de 100 en la palma de la mano si fuera de otro modo?”.

Señalé los árboles con la cabeza.

“Pero el parque sigue en su sitio, los manifestantes han ganado y el gobierno no ha podido talar los árboles”.

Un destello de alegría iluminó su rostro.

“Sí, así es. Y si me preguntas, es como tiene que ser. Si hubieran construído un centro comercial no nos dejarían ni acercarnos a la puerta del edificio. A cincuenta metros empezarían a echarnos los guardias de seguridad… pero…”

De nuevo volvió a sus ojos ese terror.

“Pero ahora los árboles no nos dejan en paz. Cuando me acurruco bajo esos arbustos y justo voy a cerrar los ojos empiezan a susurrar. Y de qué manera, con el tiempo las voces aumentan. Acojona un montón, me voy a volver loco, lo juro”.

Los sueños y los delirios eran resultado de la influencia del alcohol…

“Ve a otro parque” le dije para tranquilizarlo. “Como si no hubiera otro sitio por aquí, por ejemplo baja a la orilla del mar…”

Meneó la cabeza con tristeza.

“Este parque es mío. Es que no puedo dormir en otros parques. Hace cinco años que duermo aquí. Más adelante hay una magnolia que es como el regazo de mi madre. Hace años que duermo con estos fragantes olores, en paz, como un bebé. Cómo me voy a ir y abandonar mi casa…”

La situación de este hombre me conmovió pero no había nada que pudiera hacer. Como el comisario Erol, le puse un billete de cien en la mano.

“Aunque sea vete a dormir a un hotel esta noche…”

A pesar de que le había gustado recibir el dinero, me miró con desesperanza.

“Y bien, ¿mañana qué haré?”

En realidad le tenía que haber dicho que lo que tenía que hacer era ir a un psiquiatra, pero como sabía que no iba a servir de nada simplemente le dije que “no perdiera la esperanza, quizá mañana los árboles ya no hablarán”. Cogió el dinero que le dí y se alejó.

Yo continué con el paseo que había dejado a medias, pero para qué mentir, mi mente seguía dándole vueltas a lo que el hombre me había contado. Por supuesto que no creía que los árboles hablasen. Pero no pude evitar que mi mirada se dirigiera al parque que tenía en frente, apenas a unos cuantos metros. ¿Cuándo es que vine por última vez? Debía de ser hacía un par de meses, justo después de los días de protesta, un mediodía le hice una visita a esta zona verde. Fueron días terribles, la policía atacaba sin piedad. Todo se había llenado de gas pimienta, en todas partes había pánzer y chorros de agua a presión. Con porras y palos golpeaban a los chicos y chicas. Pero los manifestantes no se amilanaban, y la gente de Estambul se convirtió en un río que fluía hacia este pequeño espacio verde. Todos los días aumentaba la cantidad de gente que participaba en las manifestaciones. Mil, diez mil, cien mil, un millón… y las protestas duraron 40 días completos. Al final el gobierno se rindió, y no sólo se quedaron los árboles que había sino que se plantaron nuevos. Pero después de esos días no había vuelto a ver el parque. Me entraron unas ganas tremendas de entrar. De hecho, mis pies me llevaron por su propia voluntad a la arboleda. Al entrar en el parque me embargó una frescura húmeda, el olor de tierra quemada, de hierba descompuesta…

Caminando bajo los enormes árboles que impedían que pasase la luz de la luna, esta arboleda me pareció una suerte de templo. El último reducto sagrado de la naturaleza que hemos destruido. En algún lugar cantó un pájaro, creo que era un búho, quizá el último de esta ciudad… Me paré a escuchar, pero ya no se oyó nada más. El viento dejó de soplar, y bajando las escaleras llegué a la zona abierta del centro del parque. Durante un rato miré al agua del estanque que parecía plateada bajo la luz de la luna. Mi interior se llenó de paz. Aunque me sentase en uno de los bancos y me quedase observando este agua inmóvil hasta el amanecer estoy seguro de que no me aburriría. Entonces sentí el viento. No era viento, sino poco más que una leve brisa. Me pasó suavemente por el rostro y el pelo. Fue como si todo el cansanció acumulado de todo el día desapareciera de repente de mi cuerpo y mi mente. Me sentí como si fuera una parte de la luna del cielo, de los árboles que dan sombra, de este estanque de plata, de esa brisa. Entonces fue cuando escuche la voz. Era como un murmullo, y venía de los árboles. ¿Era acaso esta la voz que había escuchado el hombre? Se me pusieron los pelos de punta, pero no tenía ningún sentido meterme miedo a mi mismo. Enseguida, mi mente encontró una explicación plausible: era el sonido del viento. Por supuesto que sí, era eso, el sonido del viento. Y era como un murmullo, no se entendía lo que quería decir. Pero en esta noche encantada, esta explicación racional caducó enserguida; al poco tiempo el murmullo se empezó a hacer más claro, y se transformó en la delicada voz de una muchacha. Empezó a decir unos nombres, uno tras otro:

“Alí, Abdulá, Mehmet, Ethem, Mustafá.”

Como una oración, un salmo, un trabalenguas.

“Alí, Abdulá, Mehmet, Ethem, Mustafá.”

Me quedé petrificado. ¿Qué estaba pasando? Lo primero que se me ocurrió es que aquel hombre estaba en lo cierto, no había tenido ninguna alucinación. Los árboles hablaban de verdad. Y no se callaban. Con cariño, respeto, como si temiera que se rompieran, repetían con compasión los mismos cinco nombres.

“Alí, Abdulá, Mehmet, Ethem, Mustafá.”

Y bien, ¿quiénes eran los dueños de estos nombres? Al mirar a mi alrededor los vi, estaban frente al estanque, eran cinco personas, y los cinco me miraban fijamente. Sí, me refiero a las tumbas que había justo en frente. Cinco personas que me miraban desde el marco de cinco fotos. Pero no sólo estaban las fotos sobre el verde césped; había también cinco lápidas. Estas tumbas simbólicas iluminadas con el brillo lacio de la luz de la luna causaban más impresión que las de verdad. Me acerqué y leí lo que había escrito sobre ellas. Alí Ismail Korkmaz, Abdulá Cömert, Mehmet Ayvalıtaş, Ethem Sarırülük, Mustafá Sarı. Los nombres de cinco jóvenes que perdieron su vida para evitar que estos árboles fueran talados. Sin saber qué hacer, me quieto donde estaba. Pero los árboles que se mecían levemente con el viento, no dejaban de repetir con empeño, como si fuera una oración, los mismos nombres.

“Alí, Abdulá, Mehmet, Ethem, Mustafá.”

* N. de T.: Diminutivo del nombre Mehmet
** N. de T.: 100 liras turcas son algo menos de 50€ al cambio actual.

Estos días en Turquía se ha discutido mucho sobre por qué el premio Nobel de literatura Orhan Pamuk, conocido crítico del gobierno, no estaba “dando la cara” durante las protestas de Gezi Park que se han ido convirtiendo en multitudinarias manifestaciones que canalizan el malestar de una parte importante de la población.

Aquí traduzco su escrito, que he tomado de la versión online de Gazete Vatana a día 5 de junio de 2013 y que podéis leer en su original turco aquí.

El gobierno de Erdoğan es autoritario y opresor.

 

Orhan Pamuk

Orhan Pamuk

Para entender cómo empezó lo que está pasando en Estambul y  a los valientes que ahogándose con gas pimienta se envenenan y se enfrentan a la policía empezaré por una historia personal. En mi libro de recuerdos titulado “Estambul”, escribí que hace tiempo mi familia vivía en los pisos del bloque Pamuk que se encuentra en Nişantaşı. En frente de este bloque había un castaño de 50 años de edad, y que gracias a Dios sigue estando allí. Lo cierto es que en el año 1957, un día y para ensanchar la calle que pasaba por enfrente de nuestra casa el ayuntamiento decidió talar este árbol. Los orgullosos burócratas y el gobierno autoritario no se tomaron muy en serio la oposición que mostró el barrio. De esta forma, mi tío, mi padre, y toda la familia salimos a la calle e hicimos guardia al lado del árbol durante toda la noche. Esto protegió a nuestro castaño, y se convirtió en un recuerdo que nos unió y que a la familia le encanta recordar con frecuencia.

La plaza de Taksim es el castaño de Estambul, y debe de ser protegido. Hace sesenta años que vivo en Estambul, y no puedo ni imaginarme a nadie que viva en esta ciudad y no tenga ningún recuerdo relacionado con Taksim. En medio del antiguo cuartel de artellería que se quiere ahora convertir en un centro comercial había en los años 30 un estadio pequeño de fútbol en el que se jugaban partidos oficiales. En los 40 y 50 el famoso casino Taksim, centro de la vida nocturna de la época, estaba ubicado en una esquina del parque. Después se derribaron todos los edificios, se talaron los árboles, se plantaron unos nuevos, y en un lado del parque  se abrieron una serie de locales y la galería de arte más famosa de Estambul. En los 60 soñaba con inaugurar mi propia exhibición cuando fuera pintor. En los 70 era un lugar en el que los sindicatos de trabajadores de izquierdas y la organizaciones no gubernamentales celebraban con emoción el primero de mayo, y durante una época yo también participé en estas celebraciones. (En 1977 murieron 42 personas en un tumulto). En mis años de juventud solía participar y observar con curiosidad todo tipo de mítines de cualquier grupo político, ya sea de derechas, izquierdas, nacionalista, conservador, socialista o social-demócrata.

El gobierno prohibió el pasado 1 de mayo cualquier tipo de manifestación en la plaza. Por otro lado, y como saben todos los Estambulitas, el cuartel de artillería, el único espacio verde del centro de la ciudad, se iba a convertir en un centro comercial. Que los grandes cambios en esta zona que guarda los recuerdos de millones de personas y en el parque que está justo detrás lleguen a ser planificados sin contar con los ciudadanos de Estambul y a que se talen árboles deprisa y corriendo es un gran error del gobierno de Erdoğan. Sin duda, esta indiferencia política radica en la con el tiempo creciente actitud opresora y autoritaria del gobierno.  Ver que los Estambulitas no van a dejar que les arrebaten fácilmente ni sus recuerdos ni su derecho de llevar a cabo manifestaciones políticas en Taksim me da esperanza y confianza en el futuro.

Flört es un grupo de rock light turco con una larga andadura que se remonta a los 90, cuya música está inspirada en la de los Beatles y otros grupos de los 60, a la vez que en el famoso género del Anadolu Rock y en especial del grupo MFÖ. Este es su nuevo videoclip con la letra de la canción (totalmente del “buen rollo”) traducida debajo.
Biz, rayında tren gibiyiz,
İstersen binersin, istersen inersin
Nosotros somos como un tren en las vías
Si quieres te montas, si quieres te bajas
Biz, bir nehirde su gibiyiz,
İstersen içersin, istersen geçersin

Nosotros somos como el agua de un río,
Si quieres la bebes, si quieres la cruzas.

Gel ya da gelme, bizi düşünme,
Biz hep burdayız
Sev ya da sevme, istersen görme,
Biz hep aşktayız
Ven o no vengas, no te preocupes por nosotros
Nosotros siempre estamos aquí,
Ama o no ames, si no quieres no veas,
Nosotros siempre estamos en el amor.

Hayat, denizde dalga gibidir,
Bazen yükselirsin, bazen devrilirsin
La vida es como una ola en el mar,
A veces te elevas, a veces te caes.

Aşk, senin kalbinde saklı,
Bulduğun belki sensin, belki de sen değilsin

El amor está escondido en tu corazón,
Quizá lo que encontraste eres tú, o quizá no.
Gel ya da gelme, bizi hiç düşünme,
Biz hep burdayız
Sev ya da sevme, istersen görme,
Biz hep aşktayız

Ven o no vengas, no te preocupes por nosotros
Nosotros siempre estamos aquí,
Ama o no ames, si no quieres no veas,
Nosotros siempre estamos en el amor.

Se titula Muhatap (interlocutor) y aquí lo tenéis:

Hoy que tengo un poco más de tiempo completo un poco la entrada.

Soner Sarıkabadayı es un cantante pop muy conocido en Turquía que alcanzó el éxito con su album Buz que salió al mercado en el año 2009, a pesar de que su carrera se inició en 2001. Desde entonces ha sacado dos discos más al mercado y ha consolidado su posición en el panorama musical turco. Además de componer sus propios temas, escribe letras y música para otros artistas.

Javier Limón, el guitarrista que sale en el vídeo, es un artista de flamenco que cuenta con una larga carrera como compositor y productor en España, habiendo colaborado con artistas como Buika o el Cigala, y cuenta con su propio sello discográfico “Casa Limón”. Os recomiendo su disco titulado “Mujeres de agua” :).

Respecto a Muhatap (Interlocutor) es una canción que trata de una ruptura en la que la chica se va sin decir adiós y de malas maneras, y el chico se lo echa en cara. Aquí tenéis la traducción:

Ben sade bir ayrılığa bile razıydım
Gittin habersiz
Durum şu ki ikimiz de dargınız
Bu ne lahana bu ne perhiz*

Yo me hubiera conformado con una ruptura sencilla
Te fuiste sin avisar
Y al final hemos quedado los dos resentidos
¡Quién te ha visto y quién te ve!

Sen beni üzüp çekip gidenlere
Ne çok benziyorsun burdan
Gönül bu ne yapsa usandı duvarlardan
Kaleden, surdan

Desde aquí cómo te pareces
a aquellas personas que me hacen daño y se marchan
Mi corazón ya se ha cansado
de las paredes, las fortalezas y las murallas

Gerçeği göreceksin eminim
Biraz sağlıklı düşünebilirsen
Bakarsan eğriye doğruya
Belki yol alırsın o da alabilirsen
O zaman aklın da belirgin boşluklar
Ve can alıcı sorular olursa
Çekinme sor tabii hesabı
Geride bir muhatap bulabilirsen

Estoy seguro de que verás la realidad
si es que puedes pensar un poco claro
y ver las cosas con objetividad
Quizá puedas seguir adelante, si es que puedes
Y si entonces han quedado en tu cabeza unos vacíos concretos
o tienes preguntas vitales
No te cortes y pide explicaciones
si es que puedes encontrar a alguien que te las dé.

Letra: Soner Sarıkabadayı
Música: Soner Sarıkabadayı

* bu ne perhiz bu ne lahana turşusu es un dicho que se utiliza para las personas que no actúan de forma coherente con lo que dicen.

Esta entrada es una traducción del artículo en inglés publicado en la página WomenUnderSiege.org cuyo texto original puede consultarse aquí.

El mito de cómo el “hiyab” protege a las mujeres de las agresiones sexuales.

Por Josh Shahryar/Bloguero invitado — 6 de septiembre de 2012

Tenía tan sólo 6 años cuando mi familia se vio obligada a  huir de la guerra civil de Afganistán y exiliarse en Paquistán a finales de los 80. Mi hermana Nilú, 5 años mayor que yo, estaba matriculada en una escuela pública para refugiados afganos patrocinada por dinero Saudí e inspirada en la Hermandad Musulmana. Ella, como tantas mujeres musulmanas, llevaba tan sólo un simple pañuelo que le cubría el pelo.

Recuerdo a Nilú cogiendo su pequeña mochila, colocándose el pañuelo alrededor de su pelo, y yendo a su primer día de clase. También recuerdo tristemente que a su vuelta del cole les dijo a mis padres “Los guardias me dijeron ‘O te pones el hiyab completo o un chador [un burqa afgano], o no puedes venir a clase”. Su pequeño pañuelo ya no era suficiente.

La escuela a la que asistía estaba dirigida por ultraconservadores.

El mito de que existe una correlación entre el hiyab y la baja incidencia del acoso sexual y la violencia contra las mujeres lo único que hace el victimizarlas.

El mito de que existe una correlación entre el hiyab y la baja incidencia del acoso sexual y la violencia contra las mujeres lo único que hace el victimizarlas.

Nilú fue obligada a llevar la forma más restrictiva de hiyab – casi como el de la mujer que aparece en esta imagen. Las cosas fueron bien hasta el siguiente año, en el que yo mismo empecé a ir a la escuela. Mi madre me sentó y me dijo que de aquel momento en adelante tendría que acompañar a mi hermana a clase todos los días.

Terminé odiándolo. Todos los días de colegio, durante años, cuando los dos juntos camínabamos hacia la escuela de Nilú, los hombres la miraban, evaluando el cuerpo que había bajo sus ropas negras, cuchicheando entre ellos, haciendo señas con sus manos, silbándole, haciéndole burlas y diciéndole piropos – a pesar de que lo único que podían ver era sus ojos.

Los hombres con los que nos cruzábamos en las aceras le decían cosas humillantes – unas cosas de naturaleza sexual que yo era muy pequeño para entender. Mi madre y mi padre querían que la acompañase a la escuela porque si no estaba con ella, ¿quién sabe qué le podrían hacer estos hombres? Crecí escuchando historias de mujeres a las que les metían mano, eran golpeadas e incluso secuestradas – todo ello mientras llevaban puesto el hiyab. Los autores de estos crímenes pertenecían a cualquier grupo étnico y eran pakistaníes y refugiados afganos como nosotros.

Aquella experiencia me dejó traumatizado, enfadado y con sentimiento de impotencia. Nunca hablamos de ello. Lo que ella no sabe es que yo sabía que estaba emocional y psicológicamente herida. No necesitaba que me dijera que no estaba siendo protegida por su hiyab. Las lágrimas detrás de su velo eran suficiente.

Aquellos recuerdos volvieron para atormentarme el martes, Día Internacional del Hiyab. En esta ocasión se celebra el derecho de una mujer musulmana a elegir cómo se quiere vestir. El pañuelo y otras formas más restritivas de cubrir el rostro y el cuerpo son conocidos ampliamente como hiyab; durante siglos se ha convertido en un símbolo del Islam conservador y, para algunos, incluso una característica definitoria de las mujeres musulmanas modestas y piadosas. Mientras que la práctica no es igual en todos los países, llevar el hiyab “conservador” significa cubrir totalmente el pelo de la mujer, y en muchos lugares incluso su cara con un velo. Hay de muchos tipos, por ejemplo el pardah (un largo y fino chal que cubre la cabeza y el torso, y que se lleva principalmente en el Sudeste Asiático), el burqa (una especie de traje azul que cubre totalmente el cuerpo de la mujer incluyendo su rostro, que se lleva en Afganistán, Pakistán y la India) o cualquier otra versión nacional de los mismos. Según las interpretaciones más conservadoras, no debe ser vistas ninguna parte de la mujer excepto su cara, manos, pies por debajo de los tobillos, y, a veces, el cuello.

Grandes avances en materia de derechos de la mujer durante los dos últimos siglos han permitido a las mujeres religiosas tomarse algunas libertades sobre cómo desean vestir. Aún así, la respuesta dominante a este fenómeno por parte del movimiento religioso conservativo ha sido separar la práctica de su naturaleza religiosa y encontrar razones para justificarlo no sólo por la observación piadosa, sino por sus supuestos beneficios prácticos.

Dejaré que un fragmento de un artículo redactado por una escritora llamada Sehmina Jaffer Chopra en el popular sitio web sobre cuestiones musulmanas Islam101.com explique lo que pasa:

Otro beneficio de llevar el velo es la protección a las mujeres. Los musulmanes creen que las mujeres que muestran su belleza a todo el mundo se degradan al convertirse en objetos de deseo sexual y se vuelven vulnerables a los hombres, que las miran como “una gratificación para el deseo sexual” (Nadvi, 8).

El hiyab las muestra como mujeres que pertenecen a la clase de mujeres modestas y castas, de tal formal que los transgresores y los hombres sensuales puedan reconocerlas como tales y no se burlen de ellas con malicia (Nadvi, 20).

El hiyab resuelve el problema del acoso sexual y los acercamientos sexuales indeseados, que son tan degradantes para las mujeres, cuando los hombres recogen señales poco claras y creen que las mujeres quiere sus atenciones debido a la forma en que muestran su cuerpo.[El énfasis es mío.]

Que el hiyab protege a las mujeres del acoso sexual y/o la violencia no es desde luego una opinión minoritaria. Eminentes clérigos islámicos como el egipcio Sheikh Yusuf al-Qaradawi – considerado como el líder espiritual de los Hermanos Musulmanes y gran parte del pensamiento islámico sunní, y el Ayatollah Sayyed Ali Khamenei – la autoridad religiosa y política suprema en Irán y una de las principales fuentes de jurisprudencia del Islam chií – han apoyado esta opinión.

Y esta no es sólo una afirmación falsa que no tiene ninguna base real; sino que es también una muy peligrosas. Y lo sé porque fui testigo durante años de cómo el velo de Nilú no consiguió protegerla.

Lo sé porque he visto, escuchado o leído muchos relatos en primera persona de víctimas de agresión sexual o violencia sexualizada que llevaban el hiyab en el momento de ser atacadas. El hijab no puede ni podrá frenar a los hombres que asaltan a las mujeres. Incluso si la única parte del cuerpo de la mujer que se puede ver es su sombra, los pervertidos son pervertidos. Tomemos el ejemplo de Egipto, donde el acoso sexual a mujeres se ha convertido en pandémico – lleven el hiyab puesto o no.

Este cartel en Teherán dice "El hiyab es seguridad" (Omid 20)

Este cartel en Teherán dice “El hiyab es seguridad” (Omid 20)

El mito de que existe una correlación entre el hiyab y una baja incidencia de acoso sexual y violencia contra las mujeres lo único que hace es victimizarlas. Los hombres están haciéndole poco favor a las mujeres culpando a aquellas que no se cubren, a la vez que insinúan que una mujer que es atacada cuando lleva el velo hizo algo para merecérselo. Esto evita que las mujeres expresen su opinión y denuncien las agresiones sexuales. Muchos clérigos y pseudo-científicos sociales conservadores musulmanes – como Zakir Naik, en este video, que debe de ser visto por todo aquel interesado en saber más sobre este tema – insinuan abiertamente o proclaman que las mujeres que no llevan el hiyab están buscando ser acosadas y agredidas sexualmente. Van tan lejos como para correlacionar el derecho de una mujer a a vestirse como quiera en Occidente con una alta incidencia de violencia sexual contra las mujeres allí.

Ignoran de forma conveniente todos los informes de cómo las cifras de víctimas de violencia sexual obtenidas son inferiores a las reales en muchas sociedades islámicas  debido a que su naturaleza de tabú y al estigma asociado con ello; ignoran el hecho de que la violencia sexual conduce a los crímenes de honor en los que son asesinadas muchas mujeres cada año

Los pervertidos son pervertidos. Agredirán sexualmente a mujeres que lleven el hiyab o una minifalda porque son pervertidos – no porque las mujeres hayan ejercido su derecho a vestirse como quieran.

Continuar perpetuando el mito del hiyab mágico sólo hace que el problema crezca, y de hecho la prenda no resulve nada. Para solucionarlo, debemos de ser capaces de hablar abiertamente sobre este problema, concienciar y educar a la gente sobre ello, crear nuevas leyes contra estos críemenes, y contar con fuerzas de seguridad que de verdad actúen contra estos criminales cuando reciben denuncias. Si todo esto hubiera estado en funcionamiento en los 80, quizá Nilú – o los otros millones de víctimas como ella – no hubieran tenido que aguantar el horror con el que tuvo que vivir durante años.

Llevar o no llevar el hiyab es una elección personal que debe de ser protegida. Muchas mujeres que lo llevan lo hacen disfrutando de su gesto de piedad y modestia. Sin embargo, esto no trata sobre el hiyab o la elección de las mujeres, sino sobre la misoginia y la pseudo-ciencia.

Se trata del hecho de que las mujeres que llevan hiyab no están más seguras qeu las que no lo hacen. Se trata de que es necesaria una protección real para las mujeres de las sociedades islámicas, en casa, en las calles, en el trabajo – no sólo prendas de vestir milagrosas.

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