Los árboles de Gezi, por Ahmet Ümit.

Los árboles de Gezi, por Ahmet Ümit.

Este texto de Ahmet Ümit fue publicado originalmente en el suplemento de la gazeta “BirGün” al que he tenido acceso a través de este enlace. De dicho autor está disponible en castellano la novela “La tumba la negra” traducida por Rafael Carpintero que podéis adquirir aquí.

Los árboles del parque Gezi

A las tres de la mañana, la plaza de Taksim se había quedado un poco solitaria, pero todavía quedaban algunos trasnochadores deambulando. Bajo la luz plateada de la luna llena se encontraban los cuerpos sudorosos de mujeres y hombres jóvenes, amantes abrazados estrechamente.

Aún un poco borrachos, algunos tararean todavía melodías alegres. Sin embargo, yo estoy cansado, muy muy cansado. Desde por la mañana no me había levantado de la mesa del ordenador. Siempre me pasa lo mismo, cuando estoy terminando una novela, por mucho que quiera, no puedo abandonar a mis personajes y ellos toman el control y me arrastran a la fuerza hasta el final de la historia. Ahora me está ocurriendo exactamente eso, y a pesar de que me duelen los dedos y de que han empezado a volar mariposas frente a mis ojos no encuentro manera de librarme de las teclas del ordenador. Si esto continúa así, seguiré escribiendo hasta que se me caiga la cabeza sobre el teclado y ahí se quede. Menos mal que llegó esa llamada. Me refiero a la llamada que me hizo mi mujer. “¿Vas a quedarte a dormir en la oficina?”, me decía. “Por mí no hay ningún problema, pero a partir de ahora te quedarás siempre a dormir allí”. Su amenaza fue bastante efectiva. Al instante aparté los ojos de la pantalla, despegué los dedos de las teclas, apagué el ordenador y me sumergí en la muchedumbre bulliciosa de la calle İstiklal.

Mi intención era coger un taxi e irme enseguida a casa. Pero hacía tan buen tiempo que, muy a pesar de las amenazas de mi mujer, me dejé llevar por la atracción que ejercía la luz de la luna llena brillando en el cielo. Quise disfrutar del sabor templado del otoño. Espaciando mis pasos, observando a las coloridas gentes de mi alrededor, llegué a la plaza. Hasta aquí todo estaba en orden, pero al pasar por las cercanías del parque Gezi pasó lo que pasó; un hombre que salía disparado del parque se cruzó por medio.

“¡Ayuda! ¡Ayuda!”

Su pequeño cuerpo temblaba como una hoja, y con los ojos abiertos como platos, escudriñaba las sombras de los árboles. Debía de tratarse de un ataque o un robo. Yo también dirigí la vista al parque. Aunque no tenía ni idea de cómo me iba a proteger en caso de que saliera el atacante, apreté los puños y esperé a que saliera el malhechor desconocido de entre los árboles. Pero pasaban los segundos y nadie salía. No soy muy corpulento, pero igual al verme en posición de pelea desistió de aparecer. Me volví hacia el hombre, que todavía temblaba de miedo.

“Se debe de haber asustado”, dije con voz confiada. “No saldrá del parque…”

Me miró a la cara con ojos extrañados, como si hubiera dicho algo raro.

“¿Quién se ha asustado?”

“Pues quién va a ser, el hombre que te estaba persiguiendo. ¿O eran más de uno? Por cierto, ¿de quién huías?”

“¿De qué hombre me hablas?”

El terror que se leía en su mirada no había disminuido, y clavando la mirada a la oscuridad del parque masculló:

“No estoy huyendo de una persona, sino de los árboles”

Le miré sorprendido.

“¿Y por qué huyes de los árboles?”

Se acercó a mi oreja.

“Porque hablan… hablan continuamente, sin parar jamás”.

Me llegó a la nariz un aroma sucio a alcohol, y por primera vez me fijé en sus ropas harapientas. El hombre que tenía enfrente era un sinhogar, y estaba muy muy borracho. Probablemente dormía en el parque. Esta noche se había pasado bebiendo y había tenido una pesadilla. Sin embargo, él, sin ser consciente de mis pensamientos, continuaba delirando:

“Susurran sus nombres, y cuando sopla el viento el parque se llena de sus voces. Como un salmo, como una oración, sin parar dices sus nombres en susurros…”

El pobre hombre debía de estar como una cabra.

“Déjalo”, le dije tocándole el hombro de forma amigable. “Que susurren, sea como sea no pueden hacerte daño”.

Separó sus manos desesperado.

“No, me conocen. No sólo ese pino enorme, sino también ese castaño gigantesco. Incluso esos estrechos brotes de rosa. Sí, incluso ellos, en cuanto notan que hay una leve brisa, enseguida empiezan a hablar”.

Sabía que no decía más que tonterías, pero no pude sino preguntar.

“¿Y de qué te conocen?”

Me contestó sin dudar:

“Del verano pasado, desde junio”. Señaló el parque con la mano. “Aquí trabajaba yo”.

Era un borracho, pero tenía una imaginación fantástica.

“¿Eras jardinero?”

Puso un gesto de reproche.

“Qué jardinero ni qué niño muerto” contestó “Trabajaba para la policía. Ayudaba a la policía. Es decir, era un oficial del gobierno.”

Poco a poco la historia iba tomando un cariz más divertido.

“¿Qué tipo de servicio prestabas?”

Me echó una mirada sardónica.

“Tío, ¿qué pasa? ¿No vives en este mundo o qué? Apenas hace unos meses esto era como una zona de guerra. El parque no era muy distinto de un infierno”.

Por fin caí en la cuenta. Se refería a las protestas de Gezi. A la insurrección que tuvo lugar en contra del gobierno que pretendía arrancar los árboles y construir en su lugar un centro comercial. Es decir, que lo que había pasado le había dejado pasado de rosca. Pero he de confesar que en la mentira que me estaba diciendo había una cierta lógica. Como me daba curiosidad su mundo de fantasía, decidí continuar profundizando en la conversación.

“Y bien, ¿tú que tarea realizabas?”

Se sonrió con malicia y se le vieron los dientes podridos entre sus gruesos labios.

“Le contaba a la policía lo que estaba pasando en el parque. En aquel entonces esto era increíble… todo estaba lleno de gente, de personas de izquierdas, de derechas, de hippies, de gente religiosa, mujeres, quien se te ocurra estaba aquí. Dentro le pegaron una buena paliza a un policía de paisano. Por eso la madera prefería no entrar al parque. El comisario Erol de la policía de Beyoğlu me encontró. Es un buen tipo, de vez en cuando nos da dinero, si nos arrestan nos apoya. Me cogió por banda en la calle İstiklal. “¿Aún duermes en el parque Memo*?” me preguntó. Y yo le dije, “Sí, capitán”. Me puso un billete de 100 liras** en la mano. “Bien, pues entonces todas las mañanas, mediodías y tardes te vienes a donde esté yo y me lo cuentas todo… qué pasa en el parque, si hay mucha gente, si esta tranquilo, quién es el líder de la muchedumbre, todo” me dijo. Y así empecé con mi trabajo.”

“Es decir, que ibas a denunciar a los manifestantes…”

La sonrisa maliciosa volvió a su rostro.

“Y qué podía hacer, el estado me pidió un servicio…”.

Se paró de repente y dudó.

“Y también a Kamil ‘el Globo’ y a  Sami ‘el Sanguijuela’. Esos capullos incluso hicieron fotos de los manifestantes con el móvil que les dio el comisario Erol. Por lo menos, yo no hice eso. Y además, los jóvenes del parque ayudaron mucho al Sanguijuela. Incluso le llevaron al médico al muy sinvergüenza. Meaba sangre el hijoputa. Tenía una piedra o no sé qué en el riñón. No te miento, gracias a la gente del parque mejoró mucho. A mí también me ayudaron. Todas las tardes preparaban comida caliente y la repartían y no cobraban nada de nadie, todo era gratis, pero todo el mundo trabajaba, no había remoloneo.  En realidad, eran chavales muy valientes. A un chaval que estaba a mi lado la policía lo dejó tuerto con una lata de gas, fue a propósito. Era un chaval muy guapo… y se quedó sin ojo izquierdo.”

“¿Y por qué no ayudaste al chico?”

Me levantó la voz, como le hubieran herido.

“Le ayudé, quién dice que no lo hiciera. Cargué al chaval a mis espaldas y lo llevé hasta el hospital. Ayudé a los manifestantes y a la policía. No teníamos otra opción, los manifestantes pueden estar ahí una semana o un mes, pero luego nososotros nos quedamos solos con la policía. Si no hubieramos hecho de chivatos, el comisario Erol me hubiera jodido pero bien, me hubiera hecho la vida imposible. ¿Lo comprendes?”

No puedo discernir qué era verdad y qué mentira de todas las cosas que me contaba. Tampoco estoy seguro de que un comisario pida ayuda de un hombre así, pero la verdad es que lo narraba todo muy bien. Si se lo estaba inventando, sus palabras eran aún más valiosas, porque significaba que tenía un talento tremendo para la ficción.

“¿Y entonces qué pasó?”, le dije burlón “¿La información que pasastéis le sirvió de algo a la policía?”

“¿Tú qué crees? Pues claro que les sirvió. Sabían lo que pasaba en el parque hora por hora. ¿Tú de verdad crees que Erol nos pondría otro billete de 100 en la palma de la mano si fuera de otro modo?”.

Señalé los árboles con la cabeza.

“Pero el parque sigue en su sitio, los manifestantes han ganado y el gobierno no ha podido talar los árboles”.

Un destello de alegría iluminó su rostro.

“Sí, así es. Y si me preguntas, es como tiene que ser. Si hubieran construído un centro comercial no nos dejarían ni acercarnos a la puerta del edificio. A cincuenta metros empezarían a echarnos los guardias de seguridad… pero…”

De nuevo volvió a sus ojos ese terror.

“Pero ahora los árboles no nos dejan en paz. Cuando me acurruco bajo esos arbustos y justo voy a cerrar los ojos empiezan a susurrar. Y de qué manera, con el tiempo las voces aumentan. Acojona un montón, me voy a volver loco, lo juro”.

Los sueños y los delirios eran resultado de la influencia del alcohol…

“Ve a otro parque” le dije para tranquilizarlo. “Como si no hubiera otro sitio por aquí, por ejemplo baja a la orilla del mar…”

Meneó la cabeza con tristeza.

“Este parque es mío. Es que no puedo dormir en otros parques. Hace cinco años que duermo aquí. Más adelante hay una magnolia que es como el regazo de mi madre. Hace años que duermo con estos fragantes olores, en paz, como un bebé. Cómo me voy a ir y abandonar mi casa…”

La situación de este hombre me conmovió pero no había nada que pudiera hacer. Como el comisario Erol, le puse un billete de cien en la mano.

“Aunque sea vete a dormir a un hotel esta noche…”

A pesar de que le había gustado recibir el dinero, me miró con desesperanza.

“Y bien, ¿mañana qué haré?”

En realidad le tenía que haber dicho que lo que tenía que hacer era ir a un psiquiatra, pero como sabía que no iba a servir de nada simplemente le dije que “no perdiera la esperanza, quizá mañana los árboles ya no hablarán”. Cogió el dinero que le dí y se alejó.

Yo continué con el paseo que había dejado a medias, pero para qué mentir, mi mente seguía dándole vueltas a lo que el hombre me había contado. Por supuesto que no creía que los árboles hablasen. Pero no pude evitar que mi mirada se dirigiera al parque que tenía en frente, apenas a unos cuantos metros. ¿Cuándo es que vine por última vez? Debía de ser hacía un par de meses, justo después de los días de protesta, un mediodía le hice una visita a esta zona verde. Fueron días terribles, la policía atacaba sin piedad. Todo se había llenado de gas pimienta, en todas partes había pánzer y chorros de agua a presión. Con porras y palos golpeaban a los chicos y chicas. Pero los manifestantes no se amilanaban, y la gente de Estambul se convirtió en un río que fluía hacia este pequeño espacio verde. Todos los días aumentaba la cantidad de gente que participaba en las manifestaciones. Mil, diez mil, cien mil, un millón… y las protestas duraron 40 días completos. Al final el gobierno se rindió, y no sólo se quedaron los árboles que había sino que se plantaron nuevos. Pero después de esos días no había vuelto a ver el parque. Me entraron unas ganas tremendas de entrar. De hecho, mis pies me llevaron por su propia voluntad a la arboleda. Al entrar en el parque me embargó una frescura húmeda, el olor de tierra quemada, de hierba descompuesta…

Caminando bajo los enormes árboles que impedían que pasase la luz de la luna, esta arboleda me pareció una suerte de templo. El último reducto sagrado de la naturaleza que hemos destruido. En algún lugar cantó un pájaro, creo que era un búho, quizá el último de esta ciudad… Me paré a escuchar, pero ya no se oyó nada más. El viento dejó de soplar, y bajando las escaleras llegué a la zona abierta del centro del parque. Durante un rato miré al agua del estanque que parecía plateada bajo la luz de la luna. Mi interior se llenó de paz. Aunque me sentase en uno de los bancos y me quedase observando este agua inmóvil hasta el amanecer estoy seguro de que no me aburriría. Entonces sentí el viento. No era viento, sino poco más que una leve brisa. Me pasó suavemente por el rostro y el pelo. Fue como si todo el cansanció acumulado de todo el día desapareciera de repente de mi cuerpo y mi mente. Me sentí como si fuera una parte de la luna del cielo, de los árboles que dan sombra, de este estanque de plata, de esa brisa. Entonces fue cuando escuche la voz. Era como un murmullo, y venía de los árboles. ¿Era acaso esta la voz que había escuchado el hombre? Se me pusieron los pelos de punta, pero no tenía ningún sentido meterme miedo a mi mismo. Enseguida, mi mente encontró una explicación plausible: era el sonido del viento. Por supuesto que sí, era eso, el sonido del viento. Y era como un murmullo, no se entendía lo que quería decir. Pero en esta noche encantada, esta explicación racional caducó enserguida; al poco tiempo el murmullo se empezó a hacer más claro, y se transformó en la delicada voz de una muchacha. Empezó a decir unos nombres, uno tras otro:

“Alí, Abdulá, Mehmet, Ethem, Mustafá.”

Como una oración, un salmo, un trabalenguas.

“Alí, Abdulá, Mehmet, Ethem, Mustafá.”

Me quedé petrificado. ¿Qué estaba pasando? Lo primero que se me ocurrió es que aquel hombre estaba en lo cierto, no había tenido ninguna alucinación. Los árboles hablaban de verdad. Y no se callaban. Con cariño, respeto, como si temiera que se rompieran, repetían con compasión los mismos cinco nombres.

“Alí, Abdulá, Mehmet, Ethem, Mustafá.”

Y bien, ¿quiénes eran los dueños de estos nombres? Al mirar a mi alrededor los vi, estaban frente al estanque, eran cinco personas, y los cinco me miraban fijamente. Sí, me refiero a las tumbas que había justo en frente. Cinco personas que me miraban desde el marco de cinco fotos. Pero no sólo estaban las fotos sobre el verde césped; había también cinco lápidas. Estas tumbas simbólicas iluminadas con el brillo lacio de la luz de la luna causaban más impresión que las de verdad. Me acerqué y leí lo que había escrito sobre ellas. Alí Ismail Korkmaz, Abdulá Cömert, Mehmet Ayvalıtaş, Ethem Sarırülük, Mustafá Sarı. Los nombres de cinco jóvenes que perdieron su vida para evitar que estos árboles fueran talados. Sin saber qué hacer, me quieto donde estaba. Pero los árboles que se mecían levemente con el viento, no dejaban de repetir con empeño, como si fuera una oración, los mismos nombres.

“Alí, Abdulá, Mehmet, Ethem, Mustafá.”

* N. de T.: Diminutivo del nombre Mehmet
** N. de T.: 100 liras turcas son algo menos de 50€ al cambio actual.

Traducción de la entrevista que hizo Ayşe Arman a Fatin Allamí, hermana de la herida en las protestas Lobna Allamí, que se publicó en la edición on-line de la gazeta del domingo del periódico Hürriyet a día 7 de julio de 2013 y cuyo original en turco se puede consultar aquí.

“Antes era mi hermana mayor, ahora es mi bebé”

Eskiden ablamdı şimdi bebeğim oldu

Una de la muchas “historias” de Gezi es la de Lobna Allamí, que fue alcanzada por una cápsula de gas pimienta en la cabeza. Nos la cuenta su hermana Fatín.

Es imposible olvidar esa fotografía.
La fecha, 31 de mayo.
Aquellos primeros días de las protestas en Gezi que llamaron tanto la atención de todo el mundo…
El resultado de un suceso en el que hasta el Primer Ministro ha admitido que se utilizó una violencia desmedida.
Se destrozaron las tiendas de campañas, se atacó con gas y al final lo que quedó fue una chica de camiseta roja y pantalón corto azul tendida en el suelo.
Lobna Allamí.
Se lleva un capsulazo a la cabeza, cae al suelo y de su cabeza brota sangre.
¿Qué paso después de esa instantánea que se nos ha quedado grabada en la memoria?
25 días en en coma.
Dos cirugías cerebrales.
Días y noches que se pasan con el miedo de no saber si se despertará alguna vez, si vivirá.
Afortunadamente, Lobna vive.
Pero está paralizada de un lado, no puede utilizar uno de sus brazos ni hablar, y tiene daño cerebral.
Lloré escuchando la historia de estas dos hermanas…
No encuentro palabras para consolar a esta familia, ninguna que no venga a decir “Espero que se mejore”.
Sólo quería llorar a raudales.

¿Cómo te llamas?

– Fatin Allamí.

¿Edad?

– 32.

¿Por qué estás en el hospital İlk Yardım de Taksim?

– El día 31 de mayo hubo una rueda de prensa en Gezi de DİSK (N. de T. siglas de Devrimci İşçi Sendikaları Konfederasyonu, Confederación de Sindicatos Laborales Revolucionarios). Era una sentada pacífica. No era una protesta. La gente simplemente estaba sentada. De repente, empezó el ataque con gas. Todo el mundo se dispersó. Cuando todo se tranquilizó encontraron a una chica en el suelo, una chica que llevaba una camiseta roja y un short. De su cabeza brotaba sangre. Esa chica era mi hermana Lobna. Estuvo en coma 25 días, hubo que operarla dos veces. Por eso estoy hoy aquí…

¿Sois de ascendencia palestina?

/_np/5916/20715916.jpg– No, somos turcas. Mi padre es jordano, mi madre turca. En realidad, la historia es así: Cuando tenía 14 años, mi abuela materna, Fatma Gülfidanağa de Eminönü, emigró con su padre a Palestina, que en aquel entonces era territorio otomano. Su padre, mi bisabuelo, enferma y fallece. Ella se queda allí, y se casa con mi abuelo materno que era circasiano y tienen hijos. En 1948 emigran a Jordania con los refugiados Años más tarde, mi abuela materna vuelve a su patria y muere aquí, su tumba está en este país. ¡Somos completamente turcas!

¿Y tu madre?

– Mi madre se casa con mi padre en Jordania. Después de divorciarse regresa a Turquía con mi hermana y conmigo.

¿Cuándo vinistéis?

– Yo tenía en aquel entonces 12 años y Lobna 14.

¿Os habéis sentido extranjeras aquí?

– Para nada. Nosotras no somos “extranjeras”. Sabemos árabe pero soñamos en turco. Entre nosotras hablamos en turco. Nuestros novios son turcos. Nos gusta el Zeytinyağlı (N. de T.: Aquí me imagino que se refiere a un plato de alubias verdes del mismo nombre). Por las mañanas tomamos queso Ezine (N. de T.: Un tipo de queso blanco turco). Mojamos el pan en aceite  con orégano. A Lobna la han llamado “turista”, la han llamado “extranjera”. No sé por qué lo han hecho, pero parece ser una justificación muy buena para el capsulazo que se ha llevado.

¿Cómo ha sido vuestra vida?

– Mi madre es licencia de filología árabe e historia islámica. Encontró trabajo en la embajada de Libia y nos vinimos a Ankara.

¿Tú qué estudiaste?

– Soy licenciada de la faculad de ciencias políticas de la Universidad de Ankara. Estudié políticas y administración pública.

¿Y Lobna?

– Es licenciada de filosofía por la universidad de METU (N. de T.: siglas de la Middle East Technical University de Ankara, una de las mejores de Turquía) y estudió también allí un máster de recursos humanos.

¿Cómo os llevabáis?

– Éramos dos hermanas que nos parecíamos mucho y discutíamos otro tanto. Las tres, mi madre, Lobna y yo, tenemos caracteres muy fuertes. Aunque parezca que cuando estamos juntas aquello es una olla a presión, estamos unidas por un gran cariño.

¿Cómo es Lobna?

/_np/5884/20715884.jpg– Muy idealista y sensible. Le gusta viajar, monta a caballo, nada, bucea, se lanza en paracaídas pesar de darle miedo volar, recoge basura de los bosques, limpia la playa, lleva al veterinario a los gatos callejers, ayuda a que se mejoren, y les da de comer y beber. Pero allí donde haya una injusticia, alza la voz. Si se comete una injusticia con los palestinos en Gaza, allí está Lobna haciendo huelga de hambre. Si en Túnez un hombre se prende fuego, Lobna canta una elegía. Hizo su máster en recursos humanos y trabajó en este campo durante algunos años. Pero no le pegaba con lo que ella era y sentía, era una persona a la que le encantan la danza y la música. Cuando estudiaba en METU era miembro del Sociedad de Danza Moderna de una universidad. Es muy sociable. Habla cuatro idiomas. Ha trabajado en ONGs, y también se fue a Berlín…

¿Qué hacía allí?

– Trabajaba en una empresa que organiza festivales. Llevaban a artistas turcos al extranjero. Estuvo allí tres meses. Cuando se terminó su visado volvió a Estambul para renovarlo. El 31 de mayo por la noche iba a irse a Ankara. Llamó a mi madre, y le dijo: “Dejaré la ropa de invierno y cogeré la de verano”. Pero desafortunadamente no pudo ir a Ankara…

¿Cuánto se implicaba en política?

– No era miembro de ningún partido ni asociación. Sólo estaba suscrita al National Geographic…

FUE SOMETIDA A CIRUGÍA CEREBRAL DOS VECES Y ESTUVO 24 DÍAS EN COMA.

¿Cómo os enterastéis de lo que había pasado?

– Llamó la antigua compañera de piso de Lobna. “Fatin, han herido a Lobna en Gezi, ahora van a operarla”. Al principio no pude comprender la gravedad de la situación. Pensé que le habría pasado algo en un brazo o una pierna. Salí del trabajo y me puse a buscar un billete para ir a Estambul. Cuando llego a casa veo que están allí todos mis amigos. Me quitan el teléfono. Como había empezado a publicarse en internet la sobrecogedora foto de Lobna tendida en el suelo, intentaron impedir que entrase a Facebook. Su comportamiento me hizo empezar a sospechar, y llamé a mi primo que vive en Estambul. “A ver si puedes averiguar cómo se encuentra”, le dije.  Al devolverme la llamada lloraba desconsoladamente: “Una cápsula de gas pimienta ha golpeado la cabeza de Lobna y ha llegado al hospital con un trauma craneoencefálico severo. La han operado a “cerebro abierto”. Las posibilidades de que sobreviva son del 20%”.

¿Y qué hiciste entonces?

/_np/5880/20715880.jpg– Entré en estado de shock. Me quedé de un aire. De repente no sentía las piernas y empecé a temblar como una hoja. Los amigos que estaban en casa me obligaron a tumbarme. Pero después me recuperé, me monté en el avión y llegué a Estambul. Lobna estaba en cuidados intensivos…

¿Qué dijeron los médicos?

– Como consecuencia de la cápsula que había impactado en su cabeza, se le había roto el cráneo, algunos huesos se habían clavado en el cerebro, y éste se había hinchado. Cuando la metieron en quirófano para aliviar la zona le extrajeron un hueso grande. Hubo hemorragia, y drenaron la sangre. La habían conectado a una máquina para mantener sus funciones vitales. La tenían sedada. Nos dijeron que “El riesgo es muy alto. En cualquier momento puede pasar cualquier cosa” y así empezó nuestra tortuosa espera. No tuve más remedio que llamar a mi madre y contarle lo ocurrido.

Cuando la viste por primera vez…

– Su cabeza estaba envuelta en vendas. No habían pasado ni 24 horas cuando en el otro lado hubo otra hemorragia. Esta fue la  intervención seria de verdad. Si hubieran llegado media hora más tarde, ya no hubiera tenido remedio. Se abrió la puerta de cuidados internviso y salió Lobna, una mujer menuda que pesaba 47 kilos. Estaba muy hinchada, el volumen de su cuerpo y su cabeza eran dos veces el normal.

¿Por qué se dio esta situación?

– Un edema, una reacción que daba su cuerpo. Sus ojos, de hecho, estaban muy grandes ya que se le había hinchado el cerebro, se encontraban completamente fuera de sus órbitas. Como estaba conectada a una máquina la desconectaron, y la conectaron a ese aparato que parece una bomba de aire y hace un ruido infernal. Aquella chica que estaba viendo no era mi hermana, era otra persona, de verdad que tenía un aspecto que daba miedo. “Tenemos que operarla. El riesgo de muerte es muy alto. Si no la operamos morirá, pero también puede fallecer durante el transcurso de la operación”. Me pusieron un papel en la mano y me hicieron firmar que aceptaba la responsabilidad. Gracias a Dios que mandé a mi madre a casa, si hubiera visto a Lobna así le habría dado un infarto.

¿Qué se te pasaba entonces por la cabeza?

– “Ha muerto” me dije, “Nos están tomando el pelo, nos mienten. ¡Ha muerto!” No podía pensar otra cosa. Era tal el dolor, en la vida no había sentido nada igual. Ahí yacía Lobna… mi único pilar en la vida, mi compañera de juegos, mi hermana mayor…  Me di cuenta de que la quería tantísimo… Es en ese momento cuando te das cuenta, cuando llegas a ese punto en el que el dolor espiritual se convierte en dolor físico. Me ardían los huesos, me dolía el corazón…

¿Y después?

– Nos informaron de que habían drenado la sangre de la cabeza. El órgano más desconocido y sensible del cuerpo es cerebro y una mitad del suyo se la había roto la policía, y la otra la andaban toqueteando los médicos para salvarle la vida. Unas horas más tarde volvió el doctor. “¿Qué ha pasado?” – pregunté. “¡La llevamos a una tomografía!”. “¿Por qué?”. Una de sus pupilas estaba más grande que la otra. Eehh, ¿qué quiere decir todo esto? ¡Está pasando algo más en su cerebro! ¿La van a operar otra vez? No. Puede ser un edema, o puede que una venita de su cerebro se haya bloqueado. Empecé a sentir como si me estuvieran clavando un puñal por todo el cuerpo. No puedo hablar. No puedo respirar. Me quedo rígida. Como si me hubiera quedado paralizada. Unas horas más tarde vlvió el doctor. “Se le ha curado el ojo, esperamos”. Y tanto que esperamos, 24 días con todas sus noches.

¿La gente cae en el autoengaño con pensamientos como “Cuando mi hermana se despierte todo será como antes”?

– Por supuesto. Como si fuera a decir “Hello” nada más despertarse. Como si todos fuéramos a volver a casa riendo y jugando. Pero los méditos siempre nos hablaron de los riesgos que conllevaba todo esto. Por cierto que todo el personal del hospital, tanto los cirujanos que la operaron, como las enfermeras de cuidados intensivos y de planta se interesaron muchísimo por nuestro caso. Quiero darles las gracias de todo corazón. Cogí el historial médico de Lobna y lo llevé a todas partes, todo el mundo me dijo lo mismo, que gracias a que se actuó a tiempo y de manera acertada hoy mi hermana está viva. Se puede perder a un 80% de estos pacientes en el camino, a veces no se llega ni al hospital a tiempo. Y un 10% fallece durante la cirugía o al día siguiente.

¿Qué os dijeron respecto al momento en que se despertarse?

– Puede quedarse paralizada, y esta parálisis puede ser transitoria. A pesar de la rehabilitación puede continuar la pérdida de sensibilidad. Puede que haya perdido el habla. Puede que pase el resto de su vida postrada en cama recibiendo cuidados en casa. Se nos habló de todas las posibilidades.

¿Cuál es su estado actual?

– Tiene daño cerebral, eso es seguro. Pero de ello cuánto es transitorio y cuánto es permanente es algo que aún no se sabe con seguridad. No se sabrá hasta pasado un año…

TIENE DAÑADA LA ZONA DEL HABLA, YA NO PUEDE HABLAR

/_np/5881/20715881.jpg¿Qué pasó cuando se despertó por primera vez?

– No me reconoció. La unica persona a la que reconocía era a mi madre. La parte derecha de su cuerpo estaba paralizada y no podía hablar. Durante 25 días no pudo ingerir alimentos, así que había perdido 10 kilos. Ella de hecho pesaba tan sólo 47. Toda su espalda estaba irritada. Como le habían retirado los huesos del cráneo tenía la cabeza como hundida. Y todavía sigue así. No tiene pelo. Tiene puntos de sutura por toda la cabeza. Pero por lo menos vive, y nosotros estamos muy contentos.

EL LADO DERECHO DE SU CUERPO ESTÁ PARALIZADO

¿Cómo os comunicáis?

– Al principio no tenía voz, ahora habla en susurros. Sin embargo, la zona del habla ha quedado dañada y no puede hablar. Nosotros somos optimistas, y los médicos también. Lobna se encuentra en alguna parte del interior de ese cuerpo. Pero debido al daño cerebral, vuelve en sí poco a poco.

¿No lleva mal lo de no poder hablar?

– ¿Cómo no lo va a llevar mal? Los primeros cinco días estaba muy irritable. Ahora llora sin parar. Ha llegado a pasar 72 horas sin dormir. Trata de expresarse haciendo signos con las manos. “¿Por qué no puedo caminar?”, “¿Por qué mi cabeza está así?”, “¿Por qué no puedo mover el brazo?”, “¿Qué es lo que me ha pasado?”

¿Se lo habéis contado?

– Por supuesto, como unas 50 veces. Pero se le olvida. No obstante, cada día va a mejor. Así quiero creerlo. Hace un par de días le dije “Te voy a cepillar los dientes”, así conseguimos llevarla al baño, y se vio en el espejo…

¿Qué hizo?

– Se asustó mucho. Lloró otro tanto. Le expliqué que “No te hemos mentido nunca. Ya sabes que se te hinchó mucho la cabeza y hubo que retirar hueso, por eso se te ha quedado la cabeza como hundida. Has perdido de forma transitoria la movilidad del lado derecho de tu cuerpo, y ha habido daño en la zona del habla y en tus cuerdas vocales, pero puede que éstas también se curen”. Ahora, mientras le cepillo los dientes, se mira al espejo y suspira. Cada día va a mejor. Pero nunca va a ser la Lobna de antes…

¿Cómo os habéis organizado?
– Yo no trabajaré durante un plazo de tiempo más bien largo. Estaré con mi hermana, estoy segura de que va a sacar el máximo provecho de la rehabilitación.

Para ti tiene que estar siendo muy duro…
– Ella era mi hermana mayor, ahora es mi bebé. La cuido con gusto. Ella también se esfuerza en hacer todo lo que puede por recuperarse. Aún está muy susceptible. Se avergüenza y todo eso. Pide perdón. Cuando la llevamos al baño y tal se piensa que nos está causando una molestia.

¿Nunca os decís “Ojalá no hubiera ido ese día a Taksim”?
– No. Nunca. Apoyamos el que estuviera allí. Lobna no estaba haciendo nada ilegal. Estaba haciendo uso de su derecho constitucional de expresarse libremente.

¿Hay algo que podamos hacer por Lobna?
– Mandadle energía positiva. Vuestro cariño, vuestras oraciones. Estoy segura de que un día las leerá todas y os dará las gracias.

ME PUSE MÁSCARA DE GAS EN EL HOSPITAL

/_np/5882/20715882.jpgMientras la esperaba en los pasillos de cuidados intensivos, hubo momentos en los que tuve que ponerme la máscara de gas, porque lanzaron cápsulas de gas pimienta al jardín del hospital. Menos mal que el gas no llegaba a cuidados intensivos, pues tienen un sistema especial de ventilación. Pero yo quedé fatal. Y me asusté mucho cuando dijeron que la policía había entrado al jardín del hospital. Me pegué a la puerta de cuidados intensivos, me pareció como si pudieran llegar y llevarse a mi hermana…

AL HABLAR DE ETHEM ROMPÍ EN LLANTO.

Lloré muchísimo los 24 días que mi hermana estuvo en coma. Al final parecía que se me habían secado las lágrimas. Ahora cuando estoy a su lado estoy fuerte, no lloro. Sólo una vez, cuando para explicarle la gravedad de la situación le dije que había “alrededor de 7000 heridos y 5 muertos”. Cuando empecé a hablar de Ethem Sarısülük (N. de T.: Ethem Sarısülük es un un estudiante que fue asesinado de un tiro por un policía durante las protestas de Ankara. Su asesinato está grabado en vídeo y ha conmovido al país)  rompí en llanto. Pensé en esas famlias. Nosotros lo estamos pasando muy mal, pero por lo menos mi hermana vive. No sé cómo los que han perdido a sus hijos pueden seguir con sus vidas, no me lo puedo imaginar. Que Dios les de fuerza y paciencia.

AQUELLOS QUE DICEN QUE LA POLICÍA HA HECHO HISTORIA, QUE VENGAN Y VEAN A LOBNA.

Mientras vosotros estabáis aquí viendo como tu hermana se debatía entre la vida y la muerte, el Primer Ministro declaró que “la policía había hecho historia”, y Melih Gökçek (N. de T.: El alcalde de Ankara, y uno de los políticos más populares de Turquía) hizo colgar unas pancartas agradeciéndole a la policía su actuación. ¿Que sentiste cuándo lo viste?

– Me pareció muy mal y muy cruel. Si, la policía ha hecho historia, que vengan y vean qué historia han hecho, que vengan y vean a mi hermana. Si hay algún polícia que después de ver lo que se ha hecho a Lobna y a muchos otros jóvenes está feliz con ello, lo dejo a solas, cara a cara, con su conciencia.

HASTA DECIRNOS UN ‘QUE SE MEJORE’ LES HA PARECIDO DEMASIADO.

Nadie nos ha llamado ni a mí ni a mi madre. Han hecho como si no existiéramos. Ni pedir perdón, ni desearnos que mi hermana se mejore. Quizá es por esto que han jugado tanto con la nacionalidad e identidad de Lobna. ¿Pensaron que quizás la conciencia del pueblo turco se quedaría un poco más tranquila si Lobna fuera extranjera? ¿Y si de verdad lo fuera qué pasa? Ella era una joven más en la calle. Llevaba una camiseta, unos shorts y unas alpargatas. No fue a enfrentarse a la policía, ni era una terrorista, ni una anarquista. Era una persona que sentada en Cihangir decía “¡No toques ni mi parque ni mi estilo de vida!”. Allí estaba sentada. Y ellos van y salen y le disparan. Haces sentir un dolor impensable. Le dejas un doloroso recuerdo que no podrá olvidar el resto de su vida y ni siquiera eres capaz de levantar el teléfono y preguntar: “¿Cómo estás? Espero que te mejores”.  ¡Es acaso esto “humanidad”? Quizá les dio miedo nuestra reacción, o quizá aún estoy siendo bienpensante, y en realidad lo que pensaban es “¡Se lo merece!”.

/_np/5883/20715883.jpgNO CREO QUE ACABE CON SUS GANAS DE VIVIR

¿Vosotros decís “Es el destino, qué le vamos a hacer” o “Unos violentos han destrozado la vida de mi hermana”?

No creo en el destino. No soy de las que dice “Al mal tiempo buena cara”. Tenemos que se fuertes y atarnos a la vida, para de esta forma dar fuerza a Lobna. Ella es también una mujer fuerte. Vencerá a todo. Lo único que me puede entristecer, e incluso destrozar, sería que Lobna perdiera las ganas de vivir.

¿Es posible no perder las ganas de vivir con toda está perdida que ha sufrido?

– Por supuesto. Estás pero no puedes hablar, ni mover el brazo. Pero ella tiene tanto que le sobra, que compensa las cosas que le faltan. Yo no creo que alguien que ha puesto su vida en peligro por los demás, una persona que ha gritado “¡Que no se destruya mi parque, que no se toque mi estilo de vida!”, y que ha sido capaz de pasar por todo esto pierda las ganas de vivir.

Estos días en Turquía se ha discutido mucho sobre por qué el premio Nobel de literatura Orhan Pamuk, conocido crítico del gobierno, no estaba “dando la cara” durante las protestas de Gezi Park que se han ido convirtiendo en multitudinarias manifestaciones que canalizan el malestar de una parte importante de la población.

Aquí traduzco su escrito, que he tomado de la versión online de Gazete Vatana a día 5 de junio de 2013 y que podéis leer en su original turco aquí.

El gobierno de Erdoğan es autoritario y opresor.

 

Orhan Pamuk

Orhan Pamuk

Para entender cómo empezó lo que está pasando en Estambul y  a los valientes que ahogándose con gas pimienta se envenenan y se enfrentan a la policía empezaré por una historia personal. En mi libro de recuerdos titulado “Estambul”, escribí que hace tiempo mi familia vivía en los pisos del bloque Pamuk que se encuentra en Nişantaşı. En frente de este bloque había un castaño de 50 años de edad, y que gracias a Dios sigue estando allí. Lo cierto es que en el año 1957, un día y para ensanchar la calle que pasaba por enfrente de nuestra casa el ayuntamiento decidió talar este árbol. Los orgullosos burócratas y el gobierno autoritario no se tomaron muy en serio la oposición que mostró el barrio. De esta forma, mi tío, mi padre, y toda la familia salimos a la calle e hicimos guardia al lado del árbol durante toda la noche. Esto protegió a nuestro castaño, y se convirtió en un recuerdo que nos unió y que a la familia le encanta recordar con frecuencia.

La plaza de Taksim es el castaño de Estambul, y debe de ser protegido. Hace sesenta años que vivo en Estambul, y no puedo ni imaginarme a nadie que viva en esta ciudad y no tenga ningún recuerdo relacionado con Taksim. En medio del antiguo cuartel de artellería que se quiere ahora convertir en un centro comercial había en los años 30 un estadio pequeño de fútbol en el que se jugaban partidos oficiales. En los 40 y 50 el famoso casino Taksim, centro de la vida nocturna de la época, estaba ubicado en una esquina del parque. Después se derribaron todos los edificios, se talaron los árboles, se plantaron unos nuevos, y en un lado del parque  se abrieron una serie de locales y la galería de arte más famosa de Estambul. En los 60 soñaba con inaugurar mi propia exhibición cuando fuera pintor. En los 70 era un lugar en el que los sindicatos de trabajadores de izquierdas y la organizaciones no gubernamentales celebraban con emoción el primero de mayo, y durante una época yo también participé en estas celebraciones. (En 1977 murieron 42 personas en un tumulto). En mis años de juventud solía participar y observar con curiosidad todo tipo de mítines de cualquier grupo político, ya sea de derechas, izquierdas, nacionalista, conservador, socialista o social-demócrata.

El gobierno prohibió el pasado 1 de mayo cualquier tipo de manifestación en la plaza. Por otro lado, y como saben todos los Estambulitas, el cuartel de artillería, el único espacio verde del centro de la ciudad, se iba a convertir en un centro comercial. Que los grandes cambios en esta zona que guarda los recuerdos de millones de personas y en el parque que está justo detrás lleguen a ser planificados sin contar con los ciudadanos de Estambul y a que se talen árboles deprisa y corriendo es un gran error del gobierno de Erdoğan. Sin duda, esta indiferencia política radica en la con el tiempo creciente actitud opresora y autoritaria del gobierno.  Ver que los Estambulitas no van a dejar que les arrebaten fácilmente ni sus recuerdos ni su derecho de llevar a cabo manifestaciones políticas en Taksim me da esperanza y confianza en el futuro.